domingo, 30 de octubre de 2016

Un cuento para GUSTAVO

                                               UNA FÁBULA EN LA CIUDAD

                                                     Cuento para GUSTAVO CERATI, con corazón ochentoso.

            El olor es siempre el mismo, como el dolor. Tan profundo y perceptible que la costumbre lo vuelve olvido. Ahora se conforma con la agudeza de otro sentido. El hábito de observar. Contar. Sumar. Medir. Comparar. Darse cuenta del mínimo cambio dentro de la habitación. Todo parece tener un tamaño diferente cada día. Ayer la cara inestable del plasma presumía hacia la ventana. La pata de la cama ha dejado un rastro de herrumbre en el piso. “Quizás sea conveniente colocarla en su posición inicial y detenida en el tiempo y la higiene”, repite en voz alta para que él la escuche. “Mañana les pediré a las enfermeras que me ayuden…”. Él duerme todavía, hecho un ángel. Tendido boca arriba, con una manta azul que deja al descuido una pierna flaca y peluda. La mano izquierda debajo de la nuca sudorosa. La otra desparrama los dedos largos sobre un pupo hundido. Extrañan las cuerdas. Intuyéndolo, Liliana los recorre, uno a uno, con caricias eternizadas. Sus ojos se detienen en el vaso con soda que está sobre la mesita. Descubre las burbujas que lo habitan. Burbujas que suben y bajan, se juntan y se separan, como la esperanza y el ánimo. Cientos de burbujas que parecen gentes agolpadas tras el fanatismo y la adicción. Gentes que corren azoradas por los días que no les son perpetuos. Perpetuos son para ella y para él. “También habremos de cortarte el pelo. Hace calor y los rulos desarman tu imag…”. La sobresalta el golpe ronco de la puerta. “¡El desayuno señora!”. La menor de las enfermeras se adueña de una sonrisa fresca al entrar. Demora su permanencia en la habitación (es su torpe manera de demostrar la devoción). Liliana siente invadida esa sagrada intimidad que sólo a ellos les pertenece. Quiere que se vaya y que se quede mucho tiempo a la vez.  Al voltearse para rendir atención a esa compañía tierna y fastidiosa, destroza  el  vaso.  Ahora  ve como toda esa gente se convierte en un río de soledades que se retuercen entre los escondrijos del piso fresco. Hay unas migajas de algodón tiradas que sorben un cauce rebelde de ese río. “¿Qué son todos estos pedazos de vidrios esparcidos?”, piensa Liliana inmersa en ese estado de tiempo inmutable. “Tal vez la osamenta desvencijada que dejamos cuando dormimos los sentidos, o los restos de un mundo que sigue girando aunque le falte el motor. O un descocido sollozo de
adiós, o unos simples pedazos de vidrios”.
“¡Ah!, qué estridente humanidad hecha trizas” le aclara a la enfermera.
“¡Aaaaaah”!,  Brida devuelve el delirio de la mujer, con la atrevida y larga onomatopeya que le permite ocultar, bajo la sonrisa fresca, los signos de una generación incomprendida.
“Seguro el ruido lo despertó”, exclama Liliana volviendo adrede la espalda hacia la cama. Él contesta con el vaivén de un párpado que muestra un ojo mudo y constante.
La primavera se anticipa con un calor pegajoso. El sol se zampa trozos de la habitación aprovechando el descuido de las cortinas. Liliana se siente cómplice de las tretas de la luz. Las finas lanzas develan la palidez del muchacho. Ella sigue en pie, frente a la ventana. Está paralizada, es un mármol que hierve por dentro. Igual que él…
Una paloma grisácea le arrulla un gorjeo. “Es un augurio”, se convence, o al menos lo intenta una vez más. Aguarda la respuesta del universo, como si las incontables preguntas no fueran arrastradas por un eco inmortal. Aún no comprende como el Dios al que le temían sus ancestros, es hoy un Dios amoroso que no puede intervenir en el destino que devanan los hombres. Sólo conserva la certeza de su compañía…
“No pasa nada, ni siquiera el tiempo del mediodía…Las palomas son bobas e inútiles”.
De pronto se distrae con la imagen de una mujer que la mira con su cara desde el vidrio de la ventana. No es ella, es una mujer porfiada que ya no tiene fuerzas. Sabe que detrás de esos ojos bonitos hubo un encanto sensual que enamoró a Juan José. Y luego vinieron los niños y los recuerdos (esas épocas en las que el tiempo no se había olvidado de galopar).
 “¡Cuántas memorias llenas de silencio!” musita con desgano. “Nada mejor que casa”, “nada mejor que casa”, “nada mejor que casa”, se repite quebrada por una humedad intensa que Brida ignora con astucia. “¿Ya regresaste niña?”, le espeta la mujer. “¡Nunca me fui señora…! , estuve conversando con su hijo. “Al menos para ti, no soy invisible”, le susurra ella al oído. Lo besa, invadida por una fugacidad salvaje. Él no le reprocha el beso. “Eres un caballero”, vuelve a susurrar la niña con un tono dulce y comprensivo.
Liliana abre y cierra la puerta del baño. La abre y la cierra. Espiando con la actitud de un niño vuelve a abrirla y acomoda la toalla. Es un hábito amañado al aburrimiento o a la espera de ese algo que no pasa. Se acomoda en el sillón. Nota que está un metro más cerca de la ventana. “Si, justo en metro más cerca de la otra vida”. “Tan cerca…”, piensa en voz alta. “Ya sé que está pensando señora”, la interrumpe Brida, henchida de ingenio: “¿Quién corrió el sillón tan cerca de la ventana?” Liliana sólo sonríe con la pequeña ración de piedad que le queda para los extraños.
La alarma del celular le avisa que ha llegado la hora de comer. El artefacto le insiste sin querer. En el bolso que le trajeron sus nietos hay manzanas. Liza adora esa fruta. En ese momento se alimenta de la gracia de su nieta: “An apple a day keeps the doctor away”, repite Liza cada vez que muerde una manzana. “¡Ojala fuera cierto!”, grita en silencio Liliana. De sólo evocar ese mordisco feroz y jugoso, siente ganas de suspirar ante un plato de comida. Cortar, desmenuzar, masticar, masticar y tragar, hace tanto tiempo de eso…la sonda gástrica que le han colocado al muchacho la llena de náuseas. Suelta el bolso y regresa a la ventana.
            Brida va y viene en el día sin horas de la habitación. Es la más dedicada, las otras son enfermeras. Ella es una ninfa de pelo rubio y largo, tan largo como los momentos aciagos que aprendió a endulzar. Va y viene con una grácil figura que juega a convertirse en mujer. Asiste a Liliana en cada tarea que se inventa, que complica, que ignora. Entretiene a los chicos cuando visitan a su padre. Canta. Baila. Les lee poesía y les cuenta películas. Lee para sí “La escafandra y la mariposa”, de Jean Dominique Bauby. Sólo para ella, porque el testimonio de otros le hace resucitar la posibilidad de un parpadeo. Lee para él un poema predilecto.  
            Se duerme. Sueña. Llora por las noches cuando nadie la ve.
            “Con este calor no sabemos si conviene abrir las ventanas para airear las habitaciones o encerrarnos con el aire acondicionado”, dice la enfermera, ofreciendo un guiño al muchacho. “¿Más reclusión? ¡Como si nos faltara encierro!”,  agrega Liliana, repitiendo el guiño al muchacho.
            “¿Compartimos un té?”, se dicen encubriendo la voz atronadora del silencio. “Dale”, se responden. Y marcha un té para tres…
            El cónsul de Venezuela les envió hace unos días el obsequio que yace en el camastro. El camastro también sufre el abandono. Lo trajeron a la habitación como excusa, para que no se notaran las fauces de la vigilia cuando engulle la noche. Y los días que le siguen a esa última noche, que no son más que el espejo de la primera noche…  Liliana divaga en estos laberintos que se dibujan en la memoria cuando el sueño entra desmoronando su conciencia y la abandona sobre el camastro.
            “¡Buenos días remolones!”. La voz de Brida los sacude. “¡Hace frío!”, exclama Liliana, mientras disimula que ha dormido acomodándose  el cabello con los dedos largos. Como si dormir fuera para ella una palabra prohibida. Como si el simple acto de respirar fuera para él un pecado grave.
            “Mi hijo también tiene frío”. “Dame otra manta”. “Está incómodo”. “Seguro quiere hacer ejercicios”, le dice a la enfermera.  Ella, convencida de que la mujer exagera, asiente con la mirada estampada contra el piso.
            A Liliana le han crecido apéndices en cada uno de los sentidos. Estos cuerpos animados ahora forman parte de su cuerpo de carne y hueso. Le proyectan un idioma mutable que tiene que traducir. Hace un lenguaje para cada situación. El calor, el frío. El hambre, la higiene. A veces, esa labor generosa se torna hilarante. Le dice a Brida: “Gustavo quiere cantar, pásale la guitarra eléctrica”. A veces, Brida siente ganas de buscar unas tijeras y cortarle esos apéndices para que no sangren, para que Liliana se dé cuenta de que los inventa. (¿Y si esos miembros, una vez cortados, la persiguieran hasta incrustarse en sus extremidades, en su lengua divertida, en sus ojos sentimentales? No, mejor no. El miedo le detiene los impulsos).
            La Gibson ES 335 también está olvidada junto al regalo del cónsul. “¿Qué es”?, pregunta Brida con un fisgoneo caprichoso. “No sé”, contesta Liliana, “ábrelo, y lo vemos juntas”
            La niña despedaza con entusiasmo la envoltura. Queda atónita.  Un marco, un lienzo, un milagro de colores. “Los relojes de Dalí”, advierte Liliana con los ojos pegados a esa réplica maravillosa. La imagen surrealista de los cuatro relojes derritiéndose al sol, le hice girar la cabeza y mirar a su hijo derritiéndose al calor de la impotencia, de la rabia.
            Por toda la pieza se respira la capacidad de contradicción de una madre cansada y de una enfermera enamorada que se va contagiando. “¿Y si despierta?”, se preguntan. “Deberá recuperar de a poco la movilidad. Interactuar con el entorno. Será un proceso gradual… nada más, se responden. ¿Y si no despierta?”, se miran, se abrazan y lloran.
            “Ayer estuvieron sus amigos”, explica Liliana. “Cantaron todos juntos. Gustavo dirigía vocalizando alguna de sus canciones a través del ritmo del monitor cardiorrespiratorio…”.
            “¡Y movió sus manos en un gesto de adiós para despedirlos!” , agrega Brida.
            Más tarde, leen juntas el parte médico: “Sin cambios neurológicos”. Y se desploman también juntas sobre el sillón  que hoy está más lejos de la ventana. Al menos conservan las alas que las rescatan del abismo.
            “Me quedo esta noche, Liliana”. La madre da su consentimiento con un mohín silencioso. “Me quedo también, Brida”. La niña sonríe preparando la habitación para enfrentar la noche.
            “Me parece que este lugar luce más grande”, comenta Liliana. “Crece por horas. Se hace más ancho y más largo”, declara Brida. Ambas sienten que tanto espacio comienza a sobrar. Que abundan las cosas y la esperanza se torna escurridiza. Para bien y para mal.
            El sueño es una nube densa que avanza lentamente. Envuelto en una afasia extensa toca las puntas de los dedos. Luego atraviesa las rodillas e inmoviliza la espalda. Se clava en los párpados como una daga; y cuando intentamos desdeñarlo, enfrentarlo, desafiarlo, nos dice: “Ya es demasiado tarde”.
            El día se ha puesto luminoso de repente. Gustavo se siente fuerte. Abre los ojos azules. Se incorpora con movimientos torpes. Aprende a caminar. Descubre la guitarra sobre el sillón y sonríe. “Por aquí anduvo mi hijo”, se dice. La acaricia, se la pega al cuerpo. Mordisquea una manzana sabrosa que toma de la mesita  y sonríe otra vez. “Por aquí anduvo mi hija”.
             “¿Mamá?”, ¿mamá?”. Sorprendido se acerca a la ventana de una habitación que desconoce por completo, y al mismo tiempo la siente suya. Mira cómo duermen todos en la calle, tendidos en el olvido de la otredad.
            Sin abrazarse ni comunicarse. Sin hacer el amor. Ahogados en quehaceres miserables que los envenenan.
            Pegados a la soledad de una mano que frota -con fricción, mucha fricción, fuerte fricción- a la tecnología.
             Hundidos en un desierto sin emociones y saturado de furia. “Buenos Aires se ve tan susceptible… ¡Qué fabula tan rara crece en esta ciudad!”, grita Gustavo alterado.
             ¿Por qué duermen todos en esta mañana tan linda?” “¡Levanten las persianas!”. “¡Despierten!”.
            Se viste. Descubre a Liliana dormida sobre el camastro y a esa otra niña que está tendida a su lado. Al aproximarse a ella huele la fragancia de jazmines en su pelo de oro. La besa. Ella no reprocha su beso. “Eres una mujer increíble”, le susurra al oído.
            “Gracias, totales”, les dice, y se va con un adiós en la boca que lo hace crecer. Hacerse más grande…
            Sale a la calle con la guitarra pegada a su pecho, entonando una canción para ver si el mundo despierta.   

                                                                                  Fabiana 

viernes, 22 de abril de 2016

OBEDIENCIA INSENSATA


“Acuérdate de lanzar mis cenizas al mar”, le espetó mi madre. Luego solo se escuchó el golpe de la puerta detrás de él. Y hubo una copa menos en la mesa, una silla arrinconada y la tristeza enmoheciendo las paredes de la casa. Hasta ayer. El regreso de mi padre fue tranquilo. Puso entre nosotros esa distancia que dan los años en los que se olvidan los recuerdos y nos entregó la urna. El resto fue una marcha silente hacia el crematorio. Al llegar, sorpresivamente masculló entre dientes: “Será en las montañas”

viernes, 18 de marzo de 2016

INCERTIDUMBRE LITERARIA

Pesan las voces inaudibles, no escritas, que se agolpan en la mente ? O solo se trata de un amodorrado retraso, injustificable, en enlazarlas, atarlas, para dárselas al mundo, hacinadas, enunpoemaincomprensible...

martes, 19 de mayo de 2015

SORPRESA INDISCRETA 
 


¿Y las azules, las del abuelo?“, me interrogó Martina sonrojada. “Ambas” respondí. “¿Segura?”, insistió. Tomó la que estaba entre los juguetes y la puso debajo de la cama. A la otra no pudimos encontrarla. Terminé de acomodar el living y llegaron las visitas. “¿Café?”, los invitados asintieron con una mueca. Compartimos una agradable tertulia literaria, con especial énfasis en el libro “La mujer travestida” de Orths. Jornada que hubiera culminado de manera exitosa, de no ser por Rayo y el abuelo que irrumpieron en la sala. Uno perseguía al otro, que llevaba colgada entre los dientes, la extraviada pantaleta.

lunes, 11 de mayo de 2015

INDIFERENCIA  CREATIVA


                   Ya no podíamos contar con él. Aunque hubiéramos decidido no crecer. “¡Quédate!”, le gritábamos. “¡Aparece!”, insistía Joaquín con esperanza raquítica. “¡ A pe ra ce !”, balbuceaba yo, temblando. Lloramos. “¡Vuelve!”, le espetamos por última vez. Nuestro amigo invisible había desaparecido. La puerta se abrió y allí estaba ese hombre otra vez. Sentimos que la sonrisa de él era peor que su colmillo vertical. Ahora solo las lágrimas nos acompañan. No sabemos si estas podrán fregar los recuerdos.












jueves, 7 de mayo de 2015

DIALÉCTICA  MUDA               


                   El incómodo cadáver del mediador familiar presidiendo la mesa. Tarsos, metatarsos y falanges aún sostienen la escuálida mandíbula. “¿Gusta?”, le invito con cáustica generosidad, mientras presto atención a sus fríos conceptos sobre las formas de erradicar la violencia familiar. Le respondo. No logra comprenderme. Doy tajantes explicaciones. Él insiste. Sus requilorios sobre el género delicado son aburridos. Cuánto ignora, pobre. Rara vez las posturas antagónicas resultan cómodas. Prefiero continuar con el ritual de la cena. Trituro algo con los dientes. Trago, y en  mi boca queda un tierno sabor a mujer.



miércoles, 29 de abril de 2015

En un paso 

Conseguiré una capa mágica. De seda y encaje. Larga, bien larga y de un rojo intenso, exagerado, como el color de los corazones cuando aman. Para esta clase de ritos no resulta trivial el color ni la forma. Ni los deseos. Cuando pueda tocarla, gozaré de la suavidad de esa clase de telas. Luego, con parsimonia y cuidado, la colocaré sobre mis hombros raquíticos. Y lentamente dejaré de ser invisible...