jueves, 15 de junio de 2017

MILAGRO



Lorenzó se despertó temprano. Yo estaba escribiendo en el estudio. Ni escuché al niño. La noche anterior, el editor dijo que, si o si, terminara o no habría publicación ese año. El invierno parecía irritado con los pisos altos del edificio. Bruscamente, tronó la ventana del pasillo. Luego se escuchó el chirrido de las patitas de la silla. Corrí, porque intuí que algo estaba pasando. Tirada en el suelo, debajo de la ventana abierta, la sillita. Me quedé inmóvil. El tiempo se detuvo -lo juro-. Un rato después, pude reaccionar. —¡Lorenzo! —grité. Mi voz sonó inflamada. El niño, desde la cocina, sentado en el suelo, con las piernas extendidas y chupándose el dedo, hizo un gesto con la mano. El índice levantado señalaba la ventana. Se despojó de su chupete de carne y hueso y con su cándida voz, susurró: —Fue el Sr. viento, mamá.

CABLES CORTADOS



    Cuando llegaron yo estaba cocinando. Apenas los sentí, si no fuera por las frases cortas y alejadas. Pueden ser revoltosos o serenos, según se les antoje.
    Al cabo de diez minutos silenciosos, la mayor dijo: «hola ma”» nada más. Una de las tantas frases incompletas o monosilábicas que les encanta pronunciar a los adolescentes para economizar ese no sé qué. Tenía la mirada distante, como si no estuviera. Y no estaba. La destreza de sus ademanes rítmicos sobre el celular, de alguna manera, la afantasmaban. Se desplomó, pesadamente, sobre el sillón.
    Me volví para observarla más de cerca. Movía los tarsos y metatarsos a una velocidad increíble, y al mismo tiempo husmeaba en la vida cibernética de sus congéneres: “click: me gusta”, otro click: “q´linda pic, amiga. Te adoroooooo”, otro click: “me gusta”. Carcajeaba fácilmente, sola, inserta en esa dimensión que para nosotros «los viejos» (como nos llaman), nos parece desbordante de soledad.
   Una web henchida de angustia, acompañada de palabras débiles y alocadas imágenes. “Hablar solos”, pensé. Andrés Neuman tiene razón. Ella ni siquiera notó la proximidad. Besé su mejilla. La mujercita entrecerró sus ojos arrugando la nariz. Bastó un brinco ingrávido para salir del gesto familiar y retornar a la escritura indescifrable. Yo también di ese brinco. Hacia una casa alborotada por el aroma de la comida y los diálogos bulliciosos. Una fuga a ese tiempo adolescente. El tío Juan y sus anécdotas de pescador. Un pez bagre con bigotes cortados e insertos en las branquias. Mejor dicho, un pescado saltamontes. Los juegos de puños de los primos contra mi padre. Un ring improvisado donde se perdía por cosquillas. Los retazos de las frases de mi madre entre las conversaciones tamizadas con harina y sal. Juntos, todos. Todos juntos, atados a una comunicación en carne y hueso.
   En la radio escuchaba un programa de Fernández Díaz. Entrevistaba a un académico argentino. «¿Cómo escriben hoy los jóvenes?». Algo así como una «reforma ortográfica de facto» dijo el entrevistado. Creo que era Moure. Cuánta razón, me dije. Retuercen el alfabeto. Lo mastican, lo engullen y lo devuelven hecho trizas en esas frases monosilábicas o enmascaradas en consonantes. Lo que sea. Pff.
   Los muchachos del medio llegaron quince minutos después. Dijeron «hola ma», al unísono, y pasaron derecho a su habitación. Una tierra prohibida para el orden. Al cabo de unos minutos, regresaron y se sentaron a la mesa. Uno de ellos, el mayor -aunque no sea notable- permaneció absorto, limpiando la pantalla de su celular, con una servilletita de papel embebida en alcohol en gel. El otro, sólo observaba y reía por los hábitos obsesivos de su espejo. De tanto en tanto, respondía con la misma risa extraña, los mensajes que recibía desde su celular.
   Si les pones un plato por delante, lo miran, lo revuelven, lo huelen, dan dos bocados, mientras los tarsos y metatarsos siguen moviéndose. Tentáculos cibernéticos que se frenan ante una milanesa. O no.
   Esta vez no los reprendí. Serví el almuerzo sin hablar. De pronto, un tono de llamada insoportable. Mi ojo fisgón detrás del aparato. Una batería de mensajes: “Q` hacemos hoy” , “Entrenamos mañana. “a la ksa de Vale”, “Entrenamos? ?????? parece k va llover”, “van todos a la Ksa de Vale”, “eso t`digo, si vamos a entreno, el profe dijo q` si”, “vamossssssss a lo de la vale!!!!!!!!!!!!” , “oky”, “nos vemossssss”, “si, nos vemos”, “q` embole el clima”. No alcancé a leer los demás. Emojis y emoticones. Sospecharon. Me sorprendieron en la maniobra de evasión, y me dieron una interjección en tono altanero: «¡Ey!».
   Tarsos y metatarsos volvieron a zarandear. Las manos eran puro movimiento mientras sus rostros juveniles se llenaban de gestos mudos. No tuve más remedio que regañarlos. Se miraron, torcieron los ojos y voltearon los aparatos, dejándolos de cara al mantel; al alcance de sus manos, a la espera de un descuido. ¡Por fin!, ¡por fin!, repetí, con la absoluta seguridad de que estaba escuchando sus pensamientos: «¡Qué vieja pesada!». Confieso que me hubiera gustado averiguar cómo lo hubieran escrito, de haber tenido esa oportunidad entre sus manos. Con cuánta impunidad violentan la gramática, como si las reglas lingüísticas fueran una construcción arcana, a punto de fenecer por la tecnología de los dedos urgentes.
   «Ya saben que a su madre no le gusta que vengan a la mesa con los celulares», agregó mi esposo. Eso, solo eso fue suficiente para cambiar el tema. Y todas las voces quedaron hacinadas en un atropello dialógico: «La de matemáticas nos toma la prueba el martes que viene», «sí, el martes nos dijo, el martes». «Me eligieron para que cante en el homenaje a Jacinto Piedra. ¿Ah!, pá, necesito cambiar las cuerdas de la guitarra. ¿Ensayemos una chacarera?». «¿Me puedo comprar otro short para entreno?», «yo también puedo comprarme otro short para entreno?». «Nos llevan hoy o podemos ir en bici». «¿Qué hacemos?». «¿Vamos en bici?», «sí, vamos en bici». La abuela y la menor de la casa, mientras degustaban la comida casera, miraban, a un lado y a otro lado, como se dispersaban en el aire, estas pretensiones de comunicación, sin emitir ni una palabra. Yo, que ya no los observaba, sabia con certeza a quienes pertenecían las voces.
   Aprovecharon mi descuido. “¿Es acaso una moda?”, les dije. Torcieron los ojos, la boca y continuaron esa sucesión de mímicas intraducibles.
   La abuela hablaba -por fin- bajito, dulcemente, con ese tono menguado que van dejando los años cuando domestican a la vehemencia. «Los tiempos fueron cambiando, poco a poco. Cuando yo era una niña, bastaba un chiflido de mi padre para que todos los hermanos nos amontonáramos alrededor de la mesa. La mesa era sagrada. Nadie hablaba sin la autorización del capitán. Y mientras mi madre servía la comida, una hilera prolija de hijas mansas acarreaba los platos a la mesa. Había dialéctica, gozábamos de la sobremesa». La menor de la casa, con vehemencia y levantando la mano, interrumpió a la abuela: «¡Yo sé lo es la dialéctica!». Y antes de que pudiera expresarse, los tarsos y metatarsos volvieron a los canales cibernéticos y los adolescentes recobraron el protagonismo familiar. «¡Otra vez!,» exclamé con tono reflexivo. Seguro, esperaron unos gritos, y en cambio, dije con paciencia, con perseverancia, como quien vuelve a empezar: «¿Cómo les fue hoy en el cole»”.
   El clima fue amenazante durante todo el día. Los adolescentes quedaron en la casa. No eran tres jóvenes disfrutando del hogar, eran animales enjaulados con dedos ocupados, cuyas bocas buscaban arañar a quien pasara cerca de su prisión. Desgarrar con frases sueltas a las buenas intenciones, a las gentilezas familiares. O responder a algún encargo con la mudez de los ausentes. Y al cabo de unos minutos, despojados de culpas o insinuaciones de condena, se justifican, se defienden, inician las peleas por quién si, por quién no: «¿Yo?», «no, no es así, no mientas». «¿Qué?, ¡no!, ¡eso no dije yo!», «sí, eso no le dijiste» , «¡No, chee». Y más insultos y más justificaciones. «¿Yo?», «no, yo no». « ¿A mí?, no, a mí no me dijiste nada!», «no te escuchamos».
   La continuidad de las horas, marcadas por los movimientos lúdicos de tarsos y metatarsos, de risas insólitas, estridentes, solitarias, era para ellos un eterno futuro, como si el presente fuera tan escurridizo que se tornaba inexistente. Un mundo propio tejido por cables cibernéticos, acompañado, de cerca y de lejos, por melodías entrelazadas. “Honeymoon avenue“ and “Use somebody“, de Ariadna Grande y de Boyce Avenue, compartidos en el mismo tiempo, en un mismo espacio, como sus mundos aislados, con idiomas propios, insertos en otros mundos, más grandes y menos cómodos, en donde los adultos sólo entramos para no cansarnos de esperar.
   En la madrugada nos despertó un viento muy fuerte. Nos despertó a todos, excepto a los adolescentes, que continuaron durmiendo como lirones, reposando felizmente sus tarsos y metatarsos hasta pasado el mediodía.
   «¡Fin de semana con lluvia y granizo! Fuertes vientos»”, les anticipé durante el desayuno. La pequeña de la casa, tocándose sus ojitos, alcanzó a pedirnos la chocolatada, cuando de pronto, vimos como mi madre -toda empapada- arrastraba una pesada silla desde el jardín. «¡Mamá!, ¿qué haces?», indagué con curiosidad, alcanzándole una toalla para que se secara. Entrecerró sus ojos arrugando la nariz. No me respondió, solo tenía impresa en su rostro, una sonrisa larga que intentaba contener debajo de su barriga en movimiento.
   Demoramos el almuerzo para esperar a que terminara el sueño de los lirones.
   «Hola, ma». «Pa». A la abuela y a la hermanita las besaron. Se sentaron a la mesa. Despeinados. Vestidos con remeras harapientas.
   Calzaron sus dedos sobre los celulares. Nada. Nada. Apretaban más fuerte el teclado como si les fueran a responder por miedo a esa torpe fricción. Nada. Nada. Los demás, que ya sabíamos, sonreíamos.
   Se miraban, se volvían a mirar, como si los ojos compartieran el mismo idioma. «¡Y ahora!», «¡qué hacemos!», «¡maldito wi fi!”». Desconectados. Trágicamente desconectados. Momentos que les parecían inútiles, abandonados a la inercia, al desinterés o a la necedad. Tres bocas quejosas, sostenidas por seis manos llenas de dedos quietos. ¡Dedos quietos! Gente que comenzaba a conocer gente, reconocer rostros, costumbres. A recuperar aromas, sabores. Los movimientos corporales que recobraban los sentidos.
   «¡Deben ser los cables cortados!», reflexionó la abuela y comenzó a contar una historia. Y otra historia y una detrás de la otra. Fue un viaje hacia la niñez. Los caramelos de mi abuelo, su sonrisa contagiosa. Las...
   Entretanto, los verdaderos destinatarios de las historias de la abuela estaban atónitos. Tan atentos que no advirtieron ni sospecharon los efectos de la hazaña de mi madre, el porqué de la silla que acarreaba desde el jardín aquella mañana, las tijeras y los cables cortados.
   El viento que resoplaba se encargó de arrastrar las risas, esparcidas entre la comunicación en carne y hueso, en los restos de la siesta.



( Cuento publicado en la revista VIceversa, del diario El LIberal, 11/06/2017)
  http://www.elliberal.com.ar/noticia/344990/cables-cortados

jueves, 8 de junio de 2017

MOMENTOS


Estoy en pie. Trabajando. Y las ovejas se precipitan frente a mis ojos. Pretenden voltearme con mordacidad. Quieren ser contadas...

domingo, 30 de octubre de 2016

Un cuento para GUSTAVO

                                               UNA FÁBULA EN LA CIUDAD

                                                     Cuento para GUSTAVO CERATI, con corazón ochentoso.

            El olor es siempre el mismo, como el dolor. Tan profundo y perceptible que la costumbre lo vuelve olvido. Ahora se conforma con la agudeza de otro sentido. El hábito de observar. Contar. Sumar. Medir. Comparar. Darse cuenta del mínimo cambio dentro de la habitación. Todo parece tener un tamaño diferente cada día. Ayer la cara inestable del plasma presumía hacia la ventana. La pata de la cama ha dejado un rastro de herrumbre en el piso. “Quizás sea conveniente colocarla en su posición inicial y detenida en el tiempo y la higiene”, repite en voz alta para que él la escuche. “Mañana les pediré a las enfermeras que me ayuden…”. Él duerme todavía, hecho un ángel. Tendido boca arriba, con una manta azul que deja al descuido una pierna flaca y peluda. La mano izquierda debajo de la nuca sudorosa. La otra desparrama los dedos largos sobre un pupo hundido. Extrañan las cuerdas. Intuyéndolo, Liliana los recorre, uno a uno, con caricias eternizadas. Sus ojos se detienen en el vaso con soda que está sobre la mesita. Descubre las burbujas que lo habitan. Burbujas que suben y bajan, se juntan y se separan, como la esperanza y el ánimo. Cientos de burbujas que parecen gentes agolpadas tras el fanatismo y la adicción. Gentes que corren azoradas por los días que no les son perpetuos. Perpetuos son para ella y para él. “También habremos de cortarte el pelo. Hace calor y los rulos desarman tu imag…”. La sobresalta el golpe ronco de la puerta. “¡El desayuno señora!”. La menor de las enfermeras se adueña de una sonrisa fresca al entrar. Demora su permanencia en la habitación (es su torpe manera de demostrar la devoción). Liliana siente invadida esa sagrada intimidad que sólo a ellos les pertenece. Quiere que se vaya y que se quede mucho tiempo a la vez.  Al voltearse para rendir atención a esa compañía tierna y fastidiosa, destroza  el  vaso.  Ahora  ve como toda esa gente se convierte en un río de soledades que se retuercen entre los escondrijos del piso fresco. Hay unas migajas de algodón tiradas que sorben un cauce rebelde de ese río. “¿Qué son todos estos pedazos de vidrios esparcidos?”, piensa Liliana inmersa en ese estado de tiempo inmutable. “Tal vez la osamenta desvencijada que dejamos cuando dormimos los sentidos, o los restos de un mundo que sigue girando aunque le falte el motor. O un descosido sollozo de adiós, o unos simples pedazos de vidrios”.
“¡Ah!, qué estridente humanidad hecha trizas” le aclara a la enfermera.
“¡Aaaaaah”!,  Brida devuelve el delirio de la mujer, con la atrevida y larga onomatopeya que le permite ocultar, bajo la sonrisa fresca, los signos de una generación incomprendida.
“Seguro el ruido lo despertó”, exclama Liliana volviendo adrede la espalda hacia la cama. Él contesta con el vaivén de un párpado que muestra un ojo mudo y constante.
La primavera se anticipa con un calor pegajoso. El sol se zampa trozos de la habitación aprovechando el descuido de las cortinas. Liliana se siente cómplice de las tretas de la luz. Las finas lanzas develan la palidez del muchacho. Ella sigue en pie, frente a la ventana. Está paralizada, es un mármol que hierve por dentro. Igual que él…
Una paloma grisácea le arrulla un gorjeo. “Es un augurio”, se convence, o al menos lo intenta una vez más. Aguarda la respuesta del universo, como si las incontables preguntas no fueran arrastradas por un eco inmortal. Aún no comprende como el Dios al que le temían sus ancestros, es hoy un Dios amoroso que no puede intervenir en el destino que devanan los hombres. Sólo conserva la certeza de su compañía…
“No pasa nada, ni siquiera el tiempo del mediodía…Las palomas son bobas e inútiles”.
De pronto se distrae con la imagen de una mujer que la mira con su cara desde el vidrio de la ventana. No es ella, es una mujer porfiada que ya no tiene fuerzas. Sabe que detrás de esos ojos bonitos hubo un encanto sensual que enamoró a Juan José. Y luego vinieron los niños y los recuerdos (esas épocas en las que el tiempo no se había olvidado de galopar).
 “¡Cuántas memorias llenas de silencio!”, musita con desgano. “Nada mejor que casa”, “nada mejor que casa”, “nada mejor que casa”, se repite quebrada por una humedad intensa que Brida ignora con astucia. “¿Ya regresaste niña?”, le espeta la mujer. “¡Nunca me fui señora…! , estuve conversando con su hijo. “Al menos para ti, no soy invisible”, le susurra ella al oído. Lo besa, invadida por una fugacidad salvaje. Él no le reprocha el beso. “Eres un caballero”, vuelve a susurrar la niña con un tono dulce y comprensivo.
Liliana abre y cierra la puerta del baño. La abre y la cierra. Espiando con la actitud de un niño vuelve a abrirla y acomoda la toalla. Es un hábito amañado al aburrimiento o a la espera de ese algo que no pasa. Se acomoda en el sillón. Nota que está un metro más cerca de la ventana. “Si, justo en metro más cerca de la otra vida”. “Tan cerca…”, piensa en voz alta. “Ya sé que está pensando señora”, la interrumpe Brida, henchida de ingenio: “¿Quién corrió el sillón tan cerca de la ventana?” Liliana sólo sonríe con la pequeña ración de piedad que le queda para los extraños.
La alarma del celular le avisa que ha llegado la hora de comer. El artefacto le insiste sin querer. En el bolso que le trajeron sus nietos hay manzanas. Liza adora esa fruta. En ese momento se alimenta de la gracia de su nieta: “An apple a day keeps the doctor away”, repite Liza cada vez que muerde una manzana. “¡Ojala fuera cierto!”, grita en silencio Liliana. De solo evocar ese mordisco feroz y jugoso, siente ganas de suspirar ante un plato de comida. Cortar, desmenuzar, masticar, masticar y tragar, hace tanto tiempo de eso…la sonda gástrica que le han colocado al muchacho la llena de náuseas. Suelta el bolso y regresa a la ventana.
            Brida va y viene en el día sin horas de la habitación. Es la más dedicada, las otras son enfermeras. Ella es una ninfa de pelo rubio y largo, tan largo como los momentos aciagos que aprendió a endulzar. Va y viene con una grácil figura que juega a convertirse en mujer. Asiste a Liliana en cada tarea que se inventa, que complica, que ignora. Entretiene a los chicos cuando visitan a su padre. Canta. Baila. Les lee poesía y les cuenta películas. Lee para sí “La escafandra y la mariposa”, de Jean Dominique Bauby. Sólo para ella, porque el testimonio de otros le hace resucitar la posibilidad de un parpadeo. Lee para él un poema predilecto.  
            Se duerme. Sueña. Llora por las noches cuando nadie la ve.
            “Con este calor no sabemos si conviene abrir las ventanas para airear las habitaciones o encerrarnos con el aire acondicionado”, dice la enfermera, ofreciendo un guiño al muchacho. “¿Más reclusión? ¡Como si nos faltara encierro!”,  agrega Liliana, repitiendo el guiño al muchacho.
            “¿Compartimos un té?”, se dicen encubriendo la voz atronadora del silencio. “Dale”, se responden. Y marcha un té para tres…
            El cónsul de Venezuela les envió hace unos días el obsequio que yace en el camastro. El camastro también sufre el abandono. Lo trajeron a la habitación como excusa, para que no se notaran las fauces de la vigilia cuando engulle la noche. Y los días que le siguen a esa última noche, que no son más que el espejo de la primera noche…  Liliana divaga en estos laberintos que se dibujan en la memoria cuando el sueño entra desmoronando su conciencia y la abandona sobre el camastro.
            “¡Buenos días remolones!”. La voz de Brida los sacude. “¡Hace frío!”, exclama Liliana, mientras disimula que ha dormido acomodándose  el cabello con los dedos largos. Como si dormir fuera para ella una palabra prohibida. Como si el simple acto de respirar fuera para él un pecado grave.
            “Mi hijo también tiene frío”. “Dame otra manta”. “Está incómodo”. “Seguro quiere hacer ejercicios”, le dice a la enfermera.  Ella, convencida de que la mujer exagera, asiente con la mirada estampada contra el piso.
            A Liliana le han crecido apéndices en cada uno de los sentidos. Estos cuerpos animados ahora forman parte de su cuerpo de carne y hueso. Le proyectan un idioma mutable que tiene que traducir. Hace un lenguaje para cada situación. El calor, el frío. El hambre, la higiene. A veces, esa labor generosa se torna hilarante. Le dice a Brida: “Gustavo quiere cantar, pásale la guitarra eléctrica”. A veces, Brida siente ganas de buscar unas tijeras y cortarle esos apéndices para que no sangren, para que Liliana se dé cuenta de que los inventa. (¿Y si esos miembros, una vez cortados, la persiguieran hasta incrustarse en sus extremidades, en su lengua divertida, en sus ojos sentimentales? No, mejor no. El miedo le detiene los impulsos).
            La Gibson ES 335 también está olvidada junto al regalo del cónsul. “¿Qué es”?, pregunta Brida con un fisgoneo caprichoso. “No sé”, contesta Liliana, “ábrelo, y lo vemos juntas”
            La niña despedaza con entusiasmo la envoltura. Queda atónita.  Un marco, un lienzo, un milagro de colores. “Los relojes de Dalí”, advierte Liliana con los ojos pegados a esa réplica maravillosa. La imagen surrealista de los cuatro relojes derritiéndose al sol, le hice girar la cabeza y mirar a su hijo derritiéndose al calor de la impotencia, de la rabia.
            Por toda la pieza se respira la capacidad de contradicción de una madre cansada y de una enfermera enamorada que se va contagiando. “¿Y si despierta?”, se preguntan. “Deberá recuperar de a poco la movilidad. Interactuar con el entorno. Será un proceso gradual… nada más, se responden. ¿Y si no despierta?”, se miran, se abrazan y lloran.
            “Ayer estuvieron sus amigos”, explica Liliana. “Cantaron todos juntos. Gustavo dirigía vocalizando alguna de sus canciones a través del ritmo del monitor cardiorrespiratorio…”.
            “¡Y movió sus manos en un gesto de adiós para despedirlos!” , agrega Brida.
            Más tarde, leen juntas el parte médico: “Sin cambios neurológicos”. Y se desploman también juntas sobre el sillón  que hoy está más lejos de la ventana. Al menos conservan las alas que las rescatan del abismo.
            “Me quedo esta noche, Liliana”. La madre da su consentimiento con un mohín silencioso. “Me quedo también, Brida”. La niña sonríe preparando la habitación para enfrentar la noche.
            “Me parece que este lugar luce más grande”, comenta Liliana. “Crece por horas. Se hace más ancho y más largo”, declara Brida. Ambas sienten que tanto espacio comienza a sobrar. Que abundan las cosas y la esperanza se torna escurridiza. Para bien y para mal.
            El sueño es una nube densa que avanza lentamente. Envuelto en una afasia extensa toca las puntas de los dedos. Luego atraviesa las rodillas e inmoviliza la espalda. Se clava en los párpados como una daga; y cuando intentamos desdeñarlo, enfrentarlo, desafiarlo, nos dice: “Ya es demasiado tarde”.
            El día se ha puesto luminoso de repente. Gustavo se siente fuerte. Abre los ojos azules. Se incorpora con movimientos torpes. Aprende a caminar. Descubre la guitarra sobre el sillón y sonríe. “Por aquí anduvo mi hijo”, se dice. La acaricia, se la pega al cuerpo. Mordisquea una manzana sabrosa que toma de la mesita  y sonríe otra vez. “Por aquí anduvo mi hija”.
             “¿Mamá?”, ¿mamá?”. Sorprendido se acerca a la ventana de una habitación que desconoce por completo, y al mismo tiempo la siente suya. Mira cómo duermen todos en la calle, tendidos en el olvido de la otredad.
            Sin abrazarse ni comunicarse. Sin hacer el amor. Ahogados en quehaceres miserables que los envenenan.
            Pegados a la soledad de una mano que frota -con fricción, mucha fricción, fuerte fricción- a la tecnología.
             Hundidos en un desierto sin emociones y saturado de furia. “Buenos Aires se ve tan susceptible… ¡Qué fabula tan rara crece en esta ciudad!”, grita Gustavo alterado.
             ¿Por qué duermen todos en esta mañana tan linda?” “¡Levanten las persianas!”. “¡Despierten!”.
            Se viste. Descubre a Liliana dormida sobre el camastro y a esa otra niña que está tendida a su lado. Al aproximarse a ella huele la fragancia de jazmines en su pelo de oro. La besa. Ella no reprocha su beso. “Eres una mujer increíble”, le susurra al oído.
            “Gracias, totales”, les dice, y se va con un adiós en la boca que lo hace crecer. Hacerse más grande…
            Sale a la calle con la guitarra pegada a su pecho, entonando una canción para ver si el mundo despierta.   

                                                                                  Fabiana 

viernes, 22 de abril de 2016

OBEDIENCIA INSENSATA


“Acuérdate de lanzar mis cenizas al mar”, le espetó mi madre. Luego solo se escuchó el golpe de la puerta detrás de él. Y hubo una copa menos en la mesa, una silla arrinconada y la tristeza enmoheciendo las paredes de la casa. Hasta ayer. El regreso de mi padre fue tranquilo. Puso entre nosotros esa distancia que dan los años en los que se olvidan los recuerdos y nos entregó la urna. El resto fue una marcha silente hacia el crematorio. Al llegar, sorpresivamente masculló entre dientes: “Será en las montañas”

viernes, 18 de marzo de 2016

INCERTIDUMBRE LITERARIA

Pesan las voces inaudibles, no escritas, que se agolpan en la mente ? O solo se trata de un amodorrado retraso, injustificable, en enlazarlas, atarlas, para dárselas al mundo, hacinadas, enunpoemaincomprensible...

martes, 19 de mayo de 2015

SORPRESA INDISCRETA 
 


¿Y las azules, las del abuelo?“, me interrogó Martina sonrojada. “Ambas” respondí. “¿Segura?”, insistió. Tomó la que estaba entre los juguetes y la puso debajo de la cama. A la otra no pudimos encontrarla. Terminé de acomodar el living y llegaron las visitas. “¿Café?”, los invitados asintieron con una mueca. Compartimos una agradable tertulia literaria, con especial énfasis en el libro “La mujer travestida” de Orths. Jornada que hubiera culminado de manera exitosa, de no ser por Rayo y el abuelo que irrumpieron en la sala. Uno perseguía al otro, que llevaba colgada entre los dientes, la extraviada pantaleta.