jueves, 19 de marzo de 2009

CUENTOS ANORMALES

FAMILANDIA
En una ciudad lejana, muy lejana, habitaba una familia rara, muy rara.
La madre, una señora encopetada, estaba siempre afligida por su imagen y su estética. Dedicaba innumerables momentos al cuidado de su esbelta figura. Tantas horas ocupaba, que de tan liviana que estaba, se escurría entre sus prendas. Tan esmirriada que sus dos hijos preguntaban por ella, teniéndola delante de ellos.
Los niños pequeños habían aprendido a cuidarse bien solos. Mantenían un régimen estricto seleccionado por su madre, para que los alimentos no los engordaran. Los nutrientes les provocaban aumento de peso; cuando los niños tenían hambre, sustituían las terribles calorías por adicciones a los videojuegos.
Los cuentos infantiles les resultaban una costumbre ancestral, irrisoria, ante las entretenidas imágenes de violencia que conocían a través de los juegos cibernéticos, propios de otras generaciones.
La actividad predilecta de todos consistía en pasar las largas y tediosas horas de los fines de semana, echando raíces en el club de la lejana ciudad. Llegaban agotados a su casa y casi no lograban reconocerse.

Las habitaciones de la casa eran enormes y numerosas. Tantas eran, que sus integrantes no recordaban quienes estaban adentro y quienes habían salido. Confortables todas, excepto la cocina, que ocupaba un mínimo espacio.
Una casa tan cuidada que parecía de utilería.

A sus ocupantes les perturbaba sobremanera encontrar en el porche de su lujosa mansión , a una madre vagabunda, de igual figura esmirriada, pero ésta escurría pobreza, hambre y soledad. Sus dos hijos pequeños la acompañaban a todos lados pidiendo limosnas, pero sólo en aquel lugar encontraban la misericordia, recibiendo todas las mínimas sobras perecederas de la semana anterior. Cuando se retiraban las sombras, el ambiente era perfumado con esmero.
Solían compartir amistad con familias de buen nombre y posición social, apreciando sus virtudes y éxitos.
El padre era un señor muy absorto en sus ocupaciones, pero al cabo del día lograba encontrar tiempo para atender las llamadas telefónicas efectuadas por sus hijos, para saludarlo, antes de acostarse.
Pasaron los años y los padres no envejecieron. Y los niños crecieron.
Fue así como estos dos hijos tuvieron dos hijos que tuvieron dos hijos.


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