martes, 31 de marzo de 2009

CUENTOS PARA LAS PASCUAS

TRIDUO PASCUAL

Llegué tarde para todas las celebraciones, aquel año. Circunstancia que ofendió profundamente a mis padres.
Un amigo necesitaba mi ayuda y se la ofrecí incondicionalmente. No contaba con dinero, acababa de ser despedido de su trabajo por sus constantes distracciones e inasistencias. El peso de la justificación resultaba terrible, pero indiferente a las necesidades de su empleador. Estaba muy enfermo y debía viajar para ver al médico especialista, residente en la ciudad.
Fue así que no arribé a la veneración solemne del Jueves Santo. Por aquellos días de tardes grises y sacrificados ayunos, todo el pueblo permanecía interrumpido. Una muchedumbre cristalizaba la pasión en el Vía crucis, representada por jóvenes actores, cuyas alegorías conmovían al gentío cada año.
El altar dispuesto en las amplias veredas de la Iglesia, aguardaba la larga procesión de la multitud consternada, que colmaba las calles alzando imágenes envueltas en luto. Los oficios de vigilia de la medianoche inauguraban la celebración, encendiendo el Cirio Pascual.
Mis padres no ocultaron su ofuscación ante mi ausencia. No dispusimos de tiempo para explicaciones, sino hasta el día siguiente.
De todas maneras, el domingo de Resurrección, estaban todos pendientes de la tertulia familiar y la algarabía de los más pequeños y los ancianos que se disputaban los trozos de chocolates dispersos por las mesas.
Ese domingo, regresamos con mi amigo, desde la ciudad. El cansancio no ensombreció su complacencia por la ayuda brindada.
El anochecer de aquel día llegó impregnado de reminiscencias. Al acostarme, por alguna misteriosa razón, sentí vívido el Triduo Pascual.

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