lunes, 9 de marzo de 2009

CUENTOS PARA NO DORMIR

EL ORÁCULO DE MOFEO
La jornada del viernes parecía más extensa aún que la semana, que ya daba sus últimos sones. La noche cobraba el sabor nostálgico y sereno, ante el descanso esperado, que traía consigo el aturdimiento del silencio.
Las horas de clases en aquel colegio eran una indulgencia para mi vida solitaria y retraída de profesor de literatura.
Apenas los muebles de la casa emprendieron sus crujidos, me dispuse a servirme una copa de vino y comenzar a corregir las tareas encomendadas a los jóvenes de mi clase. Debían presentar cuentos breves de libres argumentos.
Uno de ellos me postró en una crónica vigilia. Relataba como la tranquilidad de las praderas del Colán, colmadas de flores y arbustos, había sido interrumpida por la estampida de un genio, cuyo enojo resonaba con tanta bravura, que el mismo viento buscó un escondrijo.
Mofeo, genio de mal carácter y desorbitadas pasiones, predijo la muerte solitaria de Casindra, esposa de Arapeo, un orfebre de gran fortuna, quien se había negado a darle el reloj de la buena hora, a cambio de volver realidad magníficos deseos.
La inocente esposa del orfebre, esperaba la desgracia anunciada envuelta en tristeza y desesperación.
Habiendo perdido la alegría de su hogar, Arapeo, hombre complejo y precavido, decidió burlar tremendo maleficio y buscar la destreza de un corpulento caballero, para enfrentar a Mofeo; a cambio de tentadoras recompensas.
Todos los caballeros conocidos del lugar acudieron a la casa de Arapeo, contándole cada uno de ellos, relatos increíbles acerca de sus valerosas hazañas. Ninguno de ellos logró inquietar a Mofeo, quien ridiculizaba a los jóvenes por la falta de destreza e inventiva.
Ante el desconsuelo del orfebre, su hacendoso criado de años, ofreció al genio liberar a Casindra a cambio de poner en juego su ingenio.
Mofeo, a quien le encantaban los entretenimientos, no pudo descifrar los acertijos del criado y cumplió con lo acordado, retirándose bravío por las praderas del Colán.
El desvelo se ensañó aún más todavía aquella noche. Permanecí analizando la exigua calidad literaria del relato, la extravagancia de sus personajes, excepto la figura del criado de Arapeo. Quien lo hubiera considerado caballero,sin bravas hazañas para contar. Todo un bosquejo del diminuto espacio que ocupa el sentido común en la bóveda de la sociedad. Acabé pensando cuánto se deja por detrás, apreciando sólo lo que se muestra por delante.

Leí los demás relatos como si fueran una repetición confusa del primero.

El sueño me sorprendió, como una invitación inesperada, irresistible, para lo que quedaba de la noche.

LA CADENA
En el pestilente y pedregoso callejón de un barrio pintoresco, de una ciudad refinada y productiva, un grupo de gatos se reunieron para tratar temas corporativos.
El jefe de la pandilla, un escuálido gato negro, arrogante, de bigotes largos y patas cortas, subiéndose a un destartalado cajón de madera, pronunció un discurso aburrido, que todos los demás gatos ya estaban acostumbrados a escuchar, con disimulada impaciencia, mientras lamían sus patas y restregaban sus orejas.
Uno de los felinos, acortando los requilorios del cabecilla, planteó el problema. Alguien estaba hurtando la comida que, mancomunadamente, habían acordado almacenar en la casa del gato de más edad, Don Pascual.
Tremenda responsabilidad había recaído sobre el infortunado anciano, que cabizbajo, aguardaba la decisión de la asamblea.
Por los extensos argumentos brindados y las consideraciones expuestas, decidieron apresar al minino empleado de almacenamiento. Ofuscado, éste dijo haber visto, en una medianoche de gallos dormidos, al empleado de reparto, el gato Uberde, conversando a hurtadillas con Don Pascual.
A la postre, todos acabaron libertados, excepto el indefenso anciano que terminó el resto de sus días, harapiento y olvidado, en una celda húmeda, visitado únicamente por su amigo Uberde.
El empleado de reparto, siempre agradeció la lealtad de Don Pascual; que nunca hizo pública la confesión de aquella noche, en la cual se le reveló que el empleado de almacenamiento obligaba al empleado de reparto a cooperar con las gentilezas hacia el gato negro.
En el pestilente y pedregoso callejón de un barrio pintoresco, de una ciudad refinada y productiva, continuaron las reuniones corporativas, los discursos con requilorios y las lealtades.


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