miércoles, 29 de julio de 2009

EL LECTOR

Los textos resultaban heterogéneos. La narrativa no combinaba las palabras exactas para transmitirle un pergamino de sensaciones. Ni la quimera de encaramarlo hacia los bravíos desafíos de la imaginación. No le ofrecían siquiera un vulgar entretenimiento, ni escueto ni confuso.
El rostro del lector era el espejo de las palabras insulsas y gastadas.
Aparté la pluma y acaricié el cincel. Esculpí, porfiado, la silueta lograda del hombre pensativo. Ensimismado, sosteniendo entre sus manos el libro entreabierto. El ceño fruncido, el brillo de los ojos, los incisivos presionando el labio inferior.
El rostro del lector convertido en el espejo de mármol de las letras perfectas.


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( Fotografía extraída del blog de el libro de piedra, en la web)

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