sábado, 30 de enero de 2010

EL MUSEO



Me abofeteó sin titubear. Fue una ráfaga que penetró la mejilla humedeciendo los ojos hasta enterrarse en mi pecho. Sólo la había tocado con el índice.
Apenas me ausenté unas horas. Había acompañado a mi mejor amigo al museo. Su padre resultó un guía asombroso. Quedamos boquiabiertos con las muestras que condensaban vidas apasionantes de héroes y villanos, de pueblos y espadas.
Al final de un corredor angosto y lúgubre, se recreaba una famosa batalla. Nos asustamos cuando descubrimos unos soldados con uniformes raídos que estaban vivos. Acercándonos, nuestro guía nos explicó porque no debíamos temer.
Al llegar a casa, busqué a mi madre. La encontré sentada en la reposera junto a la piscina. -Pareces de cera- añadí, y me cayó esa ráfaga.

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( Imagen tomada de la web)

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