domingo, 11 de julio de 2010

EL ACTO DE MAGIA

Levantaría la mano cuando solicitaran un voluntario, sin titubeos. Ella siempre. Robusteciendo mi espalda con el credo de sus razones. Ensordeciéndome con sus requilorios y los pormenores de sus aciertos y mis torpezas.


Nos abrimos paso entre los espectadores. El salón olía a pólvora y maquillaje; las luces desfiguraban las siluetas del escenario. Desde un dosel aterciopelado brotaban burbujas que espesaban el ambiente.


¿Un voluntario? ¿Voluntario?, repetían las esbeltas mujeres de trajes diminutos que se exhibían por el pasillo. Golpeó mi cabeza al levantar la mano. Como lo imaginé. Ella siempre.


La muchedumbre atónita contemplaba el encantamiento. Parada junto al mago, con una sonrisa artera, aguardó la invitación. Entró confiada. La caja era pequeña, cupo doblada ¬debió dolerle¬; desapareció tan pronto la cerraron. Aplaudían. ¿Dónde está? ¡Desapareció!, se los escuchaba gritar. Observaban curiosos el lugar, sus rincones. Intentaban encontrarla; yo no.

Supuse que no aparecería nunca; que ya no tendría que soportar las letanías cotidianas. Aunque hayan sido sólo unos cuantos minutos. Fue ese el mejor acto de magia.

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Imagen tomada de la web





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