miércoles, 29 de septiembre de 2010

RASTROS



Mis ojos nacen en tu mirada y se desarman tras el rastro lejano de tu sombra. Despojados de esencia caen ahogados en el océano de las palabras.
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(Cuadro de Susana Boettner, artista plástica argentina, Serie "Rastros")

jueves, 23 de septiembre de 2010

ESPECIE




Y dio otro bocado. No le bastaron los ojos ni el empeine. Tuvo que devorarme también las alas. Ahora está aburrido. Se ha vuelto cada vez más predecible y yo, una sombra enjuta. No por mucho tiempo. En mis entrañas estoy gestando una revolución.



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(Imagen tomada de la web)

sábado, 18 de septiembre de 2010

EN EL CAMINO

—Contigo siempre pierdo la carrera —dijo la liebre.
—¿Es a causa de mi disfraz? —inquirió la hormiga
—Sabes bien que no es cuestión de disfraces. Ni siquiera ese risible armatoste puede ocultar las alas de tu corazón —rezongó el derrotado animal.

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(Imagen tomada de la web)

miércoles, 15 de septiembre de 2010

LA TEJEDORA


La mecedora cerca del hogar la guarecía del invierno. El fuego depositaba su resplandor con intermitencias sobre las agujas. En cada lazada Albina desarmaba sus horas solitarias. El movimiento armónico de sus manos parecía un engranaje de abandonos. Tejía aflicciones, sueños disipados, memorias desordenadas. Tejía y tejía. Sintió sed. El monótono círculo fue interrumpido. Tropezó. La pequeña madeja se enredó en el silencio y Albina rodó hasta tornarse olvido.


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(Imagen tomada de la web)

martes, 14 de septiembre de 2010

“EL JUSTICIERO” (Cuento)

"El justiciero" fue feliz a un concurso y volvió feliz del mismo. Podría imputar esa felicidad a las contingencias que tienen los concursos, de no ser por "Manos de tijeras y corazón de dulce de leche" que me dio coraje y algo más. Agradecida también al Corsario, que me enseñó a manejar el trabuco de su abuelo. A Luly, por su tiempo y su paciencia.

Me disculpo ante ustedes, porque van a necesitar más tiempo para leer y por el contexto histórico del cuento.

A todos, muchas gracias.


El ventanal traía el olor de Buenos Aires y las cortinas se enraizaban en la brisa generosa del atardecido. Él llegaría en cualquier momento. Tocaría a la puerta con el son parco de su mano. La misma mano que durante casi veinte años escribió las cartas de amor que la mantuvieron en pie, la mano que dejaba impresa en su tímido cuerpo, una pasión inagotable y prohibida.
Petra acababa de apagar las farolas del corredor cuando tropezó con Fepo. El animal se deslizó rápidamente, buscando refugio entre las piernas de su dueña. La silueta esmirriada de Aurelia cerca de la ventana sobresaltó a la criada.
Señorita, ¿se siente bien?, titubeó Petra mientras la oscuridad sorbía la casa. Hace mucho frío, ¿desea una manta, alguna bebida?, ¿señorita?, insistió. Una copa de licor estará bien Petra, le respondió con voz casi imperceptible “su niña”, como acostumbraba llamarla. Y le ruego que me disculpe, pero esta noche no me interrumpa cuando llegue el señor, añadió. Lo que diga niña, suspiró Petra, desvaneciéndose entre las sombras del pasillo, con la misma complacencia con la que siempre guardó devotamente las pasiones y locuras de su niña.
El padre de Aurelia dormía. En algunas ocasiones pude entrar en sus sueños. Fepo seguía retorciéndose entre las piernas de Aurelia. El hálito congelado de la calle la obligó a cerrar las celosías y a colocar los pasadores. Los lienzos aterciopelados recobraron la quietud rancia del hogar.
No sólo los maúllos del gato encrespaban el ánimo de Aurelia. El desasosiego de aquellos días alimentaba su vigilia. Cuando él pasara por allí, quizá su vida se batiría a duelo con la incertidumbre y el desconsuelo. Sucumbían en un amor amenazado por las tramas de la política y los ardides enemigos. Una relación silenciosa que preconizó el candor de los amantes ante las desventuras, las distancias y los tientos de la moralidad.
No muchos podrían comprender las razones que la llevaron a enamorarse de un hombre que la aventajaba en un cuarto de siglo. Holgaban argumentos en una mujer que no se privó de la militancia ciudadana, y que desde niña acompañó a su padre a las reuniones políticas y a las tertulias literarias. Su rebeldía recogió innumerables críticas y los clamores de la indiscreción. Habituada a una vida de zozobras y riquezas, nadie podía impedir que su obstinado carácter se acallara en el corazón de un hombre maduro y culto; aún cuando ese hombre ocupara un cargo superior.
Se sentía sola en las horas que pasaban sin él. Hacía apenas dos años que había perdido a Jennie, una maestra norteamericana que enseñaba en la ciudad. Su mejor amiga enfermó de fiebre amarilla. Aquel año las defunciones aumentaron, y la ciudad diezmada por la epidemia les hizo perder amigos, servidumbre y ganancias. Ellos debieron mudarse a la estancia, para refugiarse de la pandemia. Las principales fábricas cerraron sus puertas, se paralizaron las instituciones. Habían dejado de funcionar las escuelas, los bancos, los teatros, los tribunales. Esta situación apenó a su progenitor que estaba retirándose de la vida pública.
Domingo aún no llegaba. La nostalgia y la espera de aquella noche la condujeron hacia la biblioteca de su padre. Cansada se recostó sobre la mecedora de cuero. La luz danzante del farol mostró en sus rizos los destellos blanquecinos que comenzaban a asomarse. El tiempo de igual modo había cincelado su piel. Sólo conservaba intacta la tersura de un vientre desierto. Sintió la tristeza de las amantes.
Los Tratados de Derecho Público ocupaban buena parte de esa constelación de obras. Los anaqueles suntuosos atiborrados de libros reseñaban el fervor independentista, el sentimiento y las pasiones de la organización nacional y las marrullerías del amor. Y un credo, el de vivir en libertad.
Dirigió su mirada hacia un volumen casi oculto y de reciente aparición. Con el ceño fruncido, lamentó que no ensamblaran las ideologías de la época con la bravura gauchesca.
Se levantó atraída por un ejemplar de la Revista del Río de la Plata. No resistió la tentación de releer la publicación de “El matadero”. Repasó las páginas, esbozando una irónica sonrisa. Pese a la represión intelectual, los muchachos románticos pudieron asentar en Buenos Aires ese sabor de aire nuevo, meditó Aurelia, moviendo su cabeza de un lado a otro. Entornó los párpados, delatando una mueca de esperanza en el joven Neumann. ¡Cada siglo tiene su viajero ilusionista y sensible!, repitió con voz suave.
Entre tantos libros, estaban los manuscritos que devoraron su vida adolescente, ¡cuánto había escrito ella!, ¡cuánta resignación y entrega!
La preocupación mudó en un malestar visceral. Sus premoniciones la impacientaban mucho. Bebió en sorbos espaciados el licor que Petra le había dejado en la habitación. Domingo tardaba demasiado.
En la calle ya hedía el plan para matar al presidente. Erraba en busca de un trago fuerte, cuando aparecieron ante mí dos rufianes. La luz blanda de la luna me mostró los perfiles mostrencos de los italianos. Los seguí de cerca. Entraron al café “La Violeta”. Temblaban, pero no de frío. Entré al café después de ellos. Gesticulaban. Sus manos contaban dinero. Llamaron a viva voz al cantinero. Comenzaron a beber en abundancia. Los oí hablar y confirmé mis sospechas. Intentarían asesinar al presidente. Supe lo que me correspondía hacer. Oí sus nombres, sus aspiraciones, sus mentiras. Llevaban en sus rostros la estampa familiar.
Acordaron el sitio exacto para atentar. Se levantaron con prisa y pude conocer sus nombres cuando se despidieron de un conocido. Federico y Franco, el menor de los dos. Los perseguí. Tambaleaban en el empedrado tosco de la calle.
A unas cuantas cuadras, el presidente subía sereno a la carroza parisiense, estacionada frente a su casa. Alertó al cochero y le dio indicaciones de que lo llevara a la casa de su amante. La desigualdad de las aceras acunaba la carroza.
El vaivén de la mecedora había adormecido a Aurelia. El aire enrarecido de la calle se colaba por las ranuras de las puertas. Petra, resuelta y callada, trajo las mantas y las acomodó sobre las piernas de la niña. Quedó satisfecha y se retiró a su habitación.
Entretanto los hermanos amarraban las cuerdas de la estrategia. Se refugiaron en un alero oscuro, en mitad del camino.
Sentí el impulso de tocarlos cuando Federico alzó los brazos y sacudió a su hermano. ¡Ahora!, le ordenó y se internó en la noche. No volví a verlo.
Franco preparó el arma. Apenas vi el trabuco me cegaron las centelleantes anécdotas que contaba mi abuelo sobre sus tiempos de militar.
En esas ásperas batallas que vivieron, el frío y el miedo conspiraban para debilitarlos frente al enemigo. Sólo eran impulsados por la fogosidad patriota. Una noche, sorprendieron dormido a un centinela del ejército realista y las tropas comandadas por mi abuelo aprovecharon el descuido. Los soldados somnolientos demoraron en cargar las armas. Los perdigones se les caían de las manos trémulas, y algunos trabucos ni siquiera llegaron a dispararse debido a la pólvora humedecida. Las lanzas y bayonetas del ejército libertador se impusieron a la imprecisión de los trabucos. Sus armas no fueron superiores a la obstinación del pueblo unido, repetía el abuelo.
Ese mismo torrente obstinado se propagó sobre mi aura en aquel momento y me dispuse a dar combate.
Grité para que alguien avisara a la policía. Nadie acudió, a esa hora Buenos Aires se estaba apagando. Me abalancé sobre Franco. Forcejeamos. Logré tirarlo contra el suelo. Estaba agitado y empapado en sudor. Su aliento a alcohol me envalentonó. Intenté controlar sus manos, su corpulencia dificultaba mi ofensiva. La lucha duró unos minutos.
La carroza pasó a nuestro lado sin divisarnos, con una marcha confiada e ingenua.
Fepo dio un salto ligero sobre la falda de Aurelia y la despertó. Misteriosamente podía sentir el pecho convulsionado de Aurelia y esa conexión extraña alimentó mis fuerzas.
Cuando la tenacidad del muchacho estuvo a punto de vencerme, asenté mi puño sobre su pecho. Los brazos le temblaron. El trabuco cargado en exceso reventó y le destrozó la mano. Ensangrentado intentó huir cuando un oficial, atraído por la estridencia, llevó a cabo su apresamiento.
La carroza se detuvo en el lugar acostumbrado. El presidente estaba ileso. El son de los golpes en la puerta alertó a Aurelia. Domingo le sonreía.
Los amantes confluyeron en un abrazo que la porfía del tiempo puso a resguardo.
El plan para matar al presidente fracasó. Los resoplidos del viento no lograron amainar mi entusiasmo. Mi victoria. Secretamente, sólo Aurelia la intuyó.
Los reverberos aún estaban encendidos cuando la alborotadora voz del muchacho vendedor de diarios anunciaba la primicia de última hora. Las noticias eran desacertadas. No fue un simple atentado. Fue una lucha heroica. Los boletines no escribieron sobre mí, no contaron que un abogado salvó al presidente.
Hice justicia. Me enfrenté con aquél ignoto asesino. Yo, que sólo fui un desconocido jurista del siglo XIX, llegué a tiempo esa noche sabatina y porteña de 1873. Sin más luces que las que se abrieron ante mí y mostraron mi presencia ilusoria para acabar con la emboscada. Fui un agorero de la justicia. Protegí a los amantes, salvé a Domingo y con él, a buena parte de nuestra historia.
Antes del amanecer, desde una guarida sombría, apareció un mendigo andrajoso, cargando un zurrón lleno de aventuras. Se acercó con pasos lentos, y murmurando me pidió lumbre. Otro fantasma, me dije. Y marchamos juntos, sin que nadie nos viera.



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(Imagen tomada de la web)

domingo, 12 de septiembre de 2010

DESPEDIDA



Contuvimos la tristeza apretando los párpados. Nuestras pisadas enfrentadas ocultaron las últimas miradas. El silencio crujió detrás de nosotros El umbral se hizo oscuro, tan oscuro que nunca supimos quien se quedó solo.

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(Imagen tomada de la web)

jueves, 9 de septiembre de 2010

LA MISMA HISTORIA


Papá solía morirse dos veces al día. Pasado el mediodía, apenas mi madre comenzaba con sus letanías cotidianas y luego de la cena cuando ella continuaba acunando los mismos reproches. La muerte era una sutil manera de conservarse vivo.
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(Imagen tomada de la web. Magritte, "El mago" )

martes, 7 de septiembre de 2010

EL DECRETO


Mi conciencia, aún esclavizada, deletrea su nombre. Me resistí a obedecer las instrucciones de los colegas del estudio y presenté la demanda sin titubeos. Él debía ser el indicado. Inteligente, encantador, resuelto. Las encuestas del foro local daban cuenta de su probidad y sano juicio.
Desde aquel día, soporto sobre mis hombros mustios, el peso de la equivocación y las bromas de mis compañeros como una mochila cargada de desazones.
El decreto no era más que un decreto. Inexpresivo, devastador, exacto. El juez se declaró incompetente, y las burbujas de mi amor se escurrieron por las rendijas de su juzgado.
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(Imagen tomada de la web) ( No estoy hecha para estos concursos de abogados...)