miércoles, 1 de diciembre de 2010

LA CAJA



Otra vez encuentro al hombrecito sentado frente al primer escritorio. Un ligero mohín de la cabeza recostada sobre su mano derecha me indica el recorrido.
El pasillo es angosto e incómodo. Las paredes sudan. La oscuridad momentánea hace más luminosa la habitación contigua.
Cientos de papeles hacinados en mesas gemelas ocultan cientos de rostros aburridos. Detrás de una computadora que está pegada a la ventana, alguien (el monitor le tapa la cara) señala con el dedo la otra puerta.
En la galería descubro una escalera. El pasamano está desajustado, los escalones truenan y se reproducen. Entro en una oficina más pequeña. Una señorita con trenzas y faldas cortas me sonríe con amabilidad y continúa hablando por teléfono.
El gerente no está.
Galería. Pasamano. Escaleras. Palpitaciones. Habitaciones pequeñas. Pasillo angosto. Portal.
“Hgm pfrtmjl plsmtrc rrchmd”, repite con frialdad un tipo flaco que se cuela por un traje gastado. Regresaré mañana. Tal vez algún día logre comprenderlos.


(Imagen tomada de la web. Dibujos de Quino)