miércoles, 16 de marzo de 2011

EL RELOJ


La piel se le escapa por la sima de los huesos, como el tiempo. La casa huele distinto. El babo (así lo llamó por primera vez el mayor de los cuatro niños, y luego a todos se les fue olvidando su nombre) está muy enfermo. Leopoldo lo visita cuando los demás regresan a sus tareas, y el babo es sólo para él.
Cada tarde inicia el ritual. Le sudan las manitos, arruga la frente y los párpados para tragar las piedras que le tapan la garganta. Atraviesa la puerta gris de la habitación y sonríe. Sube con dificultad a la cama, sujetándose del cobertor. Besa la nariz pálida de su abuelo y recoge las golosinas escondidas entre las sábanas. Juegan y murmuran. Juegan, murmuran, murmuran, hasta que la abuela despide al niño y apaga las luces.
Esa tarde es diferente, aunque no llueve (es otra tristeza, más sinuosa). Corre, olvida el ritual, ¿para qué?, si las piedras han escalado hasta los ojos. “¿Babo?¿Babo?” “El babo se ha dormido”, le dice su mamá. “¡Babo! ¡Babo!” insiste. Y Leopoldo comprende. Corre, corre para ver si el reloj del comedor también se ha dormido.


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(Imagen tomada de la web)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Impresionante!Es un relato,tan tierno,que no pude contener mis lágrimas.Me ubiqué en la escena y al mirar el reloj de mi casa,lo vi igual al de tu relato.Que te inspiró ,el reloj o encontraste el cuadro adecuado. Felicitaciones. Ri

Jesus Esnaola dijo...

Qué bárbaro, Fabiana, el babo que se te escapa entre los dedos, sin poder sujetarlo. El punto de vista infantil, mezcla de inocencia y de profundidad, capaz de ver lo invisible.

Muy buen micro, enhorabuena.

Claudia Sánchez dijo...

Es tan sensible como demoledor Fabi. Precioso relato. Así deberían dormirse para siempre todos los babos del mundo.
Besos

MARIA FABIANA CALDERARI dijo...

Gracias Ri, me alegro que te haya gustado.

Jesus, gracias por tus palabras. Un abrazo.

Claudia, gracias por pasar. Besos.