domingo, 3 de julio de 2011

EL MENDIGO





Siempre lo encontrábamos arrinconado, debajo del mismo umbral, cerca del colegio. (Lo habían perseguido varias veces, pero él regresaba, impertérrito, a su guarida). No puede ver y tiene la oreja derecha más pequeña. Sus pies son grandes.

En los días fríos sus ojos parecían de cera.

Nunca nos hablaba. Cuando pasábamos junto a él, mi hermano depositaba en la latita oxidada algunas monedas. Luego del tintineo, él movía la cabeza de arriba para abajo, en señal de agradecimiento.

Ayer, mi hermano estaba apurado y pasó de largo. Yo, en cambio, me detuve y le susurré al oído, mientras  Joaquín me llamaba a gritos.

Hoy, antes de llegar al colegio, mi hermano sorprendido dice: –¿Viste?. ¡No está el mendigo! ¿Qué le entregaste ayer, si nunca tienes monedas?

-Le convidé parte de mi felicidad – respondo contenta.



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(Imagen tomada de la web)

2 comentarios:

*Sechat* dijo...

Conmovedor relato, aunque me quedo con las ganas de saber ese secreto que ella le cuenta.

Besotes.

MARIA FABIANA CALDERARI dijo...

Gracias por tu visita Sechat.

(El secreto no es otra cosa que acertar en la difícil tarea de brindar al prójimo aquello que verdaderamente necesita).

Un abrazo.