domingo, 25 de septiembre de 2011

"ENTRE VECINOS"

                Del cómo, dónde y cuándo, de un por qué sin respuestas.

                                         

Mi lugar para escribir es un universo invisible habitado por la estridencia del hogar, asediado por aventuras cotidianas que me mantienen viva. En esas treguas de la realidad, me entrego plena y con “desparpajo estético” (como dice un amigo), al cascabeleo de la ficción.

Así nacen los cuentos. Así nació “Entre vecinos”, unos días antes del cierre del Concurso. En medio de berrinches y juegos de niños, y el aroma de la comida recién horneada y mis amores tocando la guitarra y cantando.

Luego, las apostillas y las correcciones que no tardan en llegar y los buenos amigos que arguyen sobre los méritos y el naufragio. El computador atestado de palabras que no entiende y la expresión dulce y antojadiza de la pequeña de la casa que intenta distraerme: -¡mamá, hoy no te voy a dejar escribir!-. Así, con la única certeza de no saber a dónde se llega cada vez que se comienza…

 
 
Espero que les guste el cuento. Yo, especialmente, agradezco a CORAZÓN DE DULCE DE LECHE, por TODO, TODO. Y a los otros amigos que gentilmente, me regalaron su tiempo, sus críticas y el apoyo incondicional.


“ENTRE VECINOS”


Giovanni De Luca es un envidioso implacable. Lo supe, con certeza, el primer día que destruyó las flores. Esa tarde –cuando todos se marcharon- bailó una tarantela sobre las margaritas. Comenzó sacudiendo, de un lado a otro, metatarsos y falanges, y le siguió el movimiento de todos los miembros, con tal fuerza y velocidad, que la danza parecía impregnada de un poder taumatúrgico, encantador, porque fue el día en que más beneficios me causaron sus desaires.

Tardé en notar la envidia –o no quise hacerlo antes-. Ese ambiente deletéreo era perceptible para todos aquellos que nos rodeaban, excepto para mí.

La diferencia entre nosotros está en que él se nutre de las rivalidades y yo simplemente sonrío feliz.

Quizá la vecindad que compartimos, por más de treinta años, haya contribuido a su inusitada y pertinaz atención.

El sábado que llegamos al barrio –recién casados– en nuestro Peugeot 504, advertimos la presencia de una silueta de talla corta y pronunciado perfil, que fue devorada inmediatamente por las cortinas del ventanal de la casa contigua. Aquella sombra nos acompañaría cada fin de semana, hasta que, un Domingo de Ramos, después de misa, todo cambió. El padre Venancio nos presentó. “Mucho gusto”, dijo, y fue la única vez que vi su sonrisa. “Marconi”, “Marconi”, repetía moviendo la cabeza de arriba para abajo, con una mueca de asombro, como si no nos hubiera conocido de antes. “Qual è il tuo rapporto con Guglielmo Marconi?” preguntó con la voz prestada de sus mayores. Sonreí (esta clase de averiguaciones me recuerdan al aviador, y a las personas que nunca logran ver una serpiente boa que se traga un elefante). “Pobre”, pensé para mí, “siempre va a necesitar explicaciones”.

Los años siguientes fueron todos iguales. Una pareja de jóvenes enamorados que de la mesa a la cama y de la cama al trabajo y del trabajo a la mesa, erigieron una espiral de sueños que fueron cumpliéndose paulatinamente: los niños, la esperanza democrática, el ascenso en la empresa, el auto nuevo, los amigos del Rotary. El vecino de mal genio prefería la pesadilla de las dictaduras y se jactaba por sus atrevidos gustos sobre las mujeres. Joaquín y Pedro, mis hijos varones, tenían prohibido jugar a la pelota en la vereda. Todos conocíamos el celo desmedido con que Giovanni vigilaba su Ferrari 288. Cuando él comenzaba a gritar los goles del Milan, nosotros ya nos habíamos desangrado aullando con “la mano de Dios”.

Sólo Francesca era su debilidad. Siempre había un comensal demás, cuando el aroma de la salsa sacudía las cortinas de su casa. “Esta mujer sabe que a los italianos nos conquistan por el estómago” decía cada vez que la sorprendía amasando los fideos.

El día en que celebré mis cincuenta años, los amigos del club me regalaron un cuadro de Vito Campanella, “Diálogo metafísico“. El vecino analizó los detalles de la obra y murmuró insolente: “No me gusta, demasiado surrealismo entorpece la ficción”. Unos meses más tarde lo encontraría en el Museo Municipal de Bellas Artes de La Plata, en una importante exposición retrospectiva dedicada al pintor.

La literatura rara vez había logrado que coincidiéramos, aunque aún recuerdo aquella noche cuando comentamos los estupendos cuentos de Héctor Tizón, Dante Cayetano Fiorentino, Anderson Imbert, Juan Carlos Dávalos, Pedro Mairal, David Lagmanovich, Luis Franco. Sentí, por instantes, que podía redimirse de cargar el envoltorio de tantas contrariedades. Pero no. Apenas comenzó a resaltar las virtudes poéticas de Adelfa Durrié, disentimos. De repente, sus aspavientos, desbordados de enojo, provocaron en mí un efecto contrario y me fue imposible reprimir un estallido de risa que pronto se convirtió en estruendosas carcajadas. ¡Adelfa Durrié!

Ese día peleamos, y le pregunté consternado: “¿De qué me acusas Giovanni?”. “De ser feliz, Giuseppe”, me confesó. Y dejamos de hablarnos. En realidad, fue él quien enmudeció y desapareció entre los cortinados, como la primera vez.

Durante su funeral, dos años más tarde, creí entrever una silueta de talla corta y bigotes petulantes, que se desvaneció fugaz.

Hace tres meses, volvimos a ser vecinos. Debido a sus ruidosas ocurrencias, Francesca y mis hijos me visitan más a menudo y los nietos llenan la hornacina de flores.

“Giuseppe, cosa stai facendo?”, pronuncia el envidioso cada día. Yo nunca le contesto. Sonrío, mientras él baila tarantelas sobre las frescas margaritas, en las tardes de los muertos.

Publicado en Diario El Liberal ( 6/11/2011) http://www.elliberal.com.ar/ampliada.php?ID=17241

( Seudónimo: Antigua)  MARÍA FABIANA CALDERARI  



5 comentarios:

Jesus Esnaola dijo...

Soberbio, Fabiana, un cuento maravilloso.
Consigues una de las cosas más complicadas a que puede aspirar una escritora, en este caso: consigues que veamos al envidioso con una dosis de ternura.
Esta vez dejaste al jurado sin excusas.

Enhorabuena, esta vez por el cuento.

Besos

No Comments dijo...

Enhorabuena por tu cuento. Fantástico.

Un saludo indio

MARIA FABIANA CALDERARI dijo...

Jesus, muchas gracias por tus palabras. Me confortan. Un abrazo.


Indio, me alegra mucho que te haya gustado! Gracias por tu visita.
Saludos.

Hebe dijo...

DEl cuento ya hablamos. Del concurso y otros temas literarios y culturales fueron tratados en nuestras charlas. Pero esa fotografía, querida doctora y premiada escritora... ya es otro tema. Ahora estás compitiendo con Zaira Nara. Lo único que falta es que te convoquen del Bailando y nos dejes sin tus hermosísimos escritos. Un beso grande.

MARIA FABIANA CALDERARI dijo...

Jajajaja, gracias Hebe. Gracias por el apoyo. La foto (algo de ego) se escapó por una grieta que sufrió la personalidad por tanta alegría… Ja,ja. Un honor su visita.
Besos.