domingo, 20 de noviembre de 2011

UNA VENTANA HACIA LA FICCIÓN - Relato- Fragmentos del interior

UNA VENTANA HACIA LA FICCIÓN



Hoy no podré escribir. Seguro. Lo he intentado durante toda la tarde, pero ha sido inútil. Las ventanas del comedor han continuado colando el mismo bullicio atronador. Mis vecinos. Unos rudos adolescentes, embadurnados de rebeldía y cebada, que se aturden al ritmo de lambadas, cumbias y Wachiturros. Toda la tarde interrumpiéndome. Han revuelto mi escritura de domingo de tal manera, que concluir un párrafo ha resultado una verdadera proeza.

Mientras tanto, la pantalla del computador me muestra un borrador en el que Augusto Almodovar sufre de insomnio. Hace una semana discutió con su mujer sobre el comportamiento de Rodrigo, el hijo de ambos y, desde entonces, ella lo ignora. Llevan casados más de veinte años y este desacuerdo le resulta incómodo y obstinado. Por las noches, cuando ella cree que “el padre controlador” duerme tranquilo, él la oye sollozar.



(“Me preguntaron cómo vivía, me preguntaron. Sobreviviendo, dije, sobreviviendo.

Tengo un poema escrito más de mil veces, en él repito siempre, que mientras alguien proponga muerte sobre esta tierra y se fabriquen armas para la guerra, yo pisaré estos campos, sobreviviendo.

Las garras sonoras de las ventanas traen ahora los sones de Antonio Gieco. Y al compás del “León” vuelvo al borrador de la pantalla).



Durante el día no se dirigen la palabra. El mutismo oculta diferencias y hasta prejuicios sobre la educación de un hijo adolescente. A Eileen no le afligen las prendas deslucidas ni el largo del pelo. O el volumen de la música que inunda la casa. A la madre protectora le basta saber que es uno de los mejores alumnos del colegio y que la novia tenga ese halo cándido de “una chica que bajó del cielo”, como Araceli González.

El padre, en cambio, le critica al muchacho la falta de un proyecto sólido para su futuro o el desconocimiento de los clásicos que zozobran por la biblioteca de la casa o la incesante marejada de amigos huérfanos del faceboock o la comunicación disfrazada en esos raros mensajes de textos del celular, con un idioma casi cifrado. Le critica su ánimo arisco.



(Mi propósito es que Augusto averigüe lo que esconde en su mirada aquel adolescente caprichoso, y por momentos, tarambana.

Las nubes rojizas empapan la bravura juvenil de nostalgia, y la melodía ajena – demasiado versátil- resbala por las molduras, y llega Lerner: “Yo seguiré adelante atravesando nieves, sabe Dios que nunca es tarde para volver a empezar. Volver a empezar, que aún no termina el juego, volver a empezar…”)



–¿Viejo?- pregunta Rodrigo cuando llega –aún eufórico- de jugar al fútbol. La luz encendida del estudio y la taciturnidad le revelan la presencia de su padre.
Augusto está en el estudio. Reposado en el sofá, lee “El vuelo de la reina”. El silencio permite que se sienta la suavidad de las páginas cuando avanzan, dóciles, en medio del aroma del Malbec.


(Llegan, en ese instante, otros adolescentes que se unen entusiastas a la barra vecina como si el día recién comenzara y las ventanas, otra vez demoledoras, tiran ritmos: “tirate un qué, tirate un paso”)


Rodrigo fisgonea la puerta entornada y se abre paso hacia las paredes exteriores que envuelven al padre, quien interrumpe su lectura con una mueca de disgusto. Contempla los ojos negros de su hijo, aproximándose, impetuosos, como si esos ojos pudiesen hablar.


(Y ya casi logro mi objetivo).



Augusto, como Camargo, (el personaje de la novela de Eloy Martínez), desea espiar por esas ventanas enigmáticas. Pero no con un telescopio Brushnell de sesenta y siete centímetros montado sobre un trípode, sino con una lupa. Él, “el padre controlador”, quiere tener una lupa Circus de diecinueve milímetros de diámetro para penetrar en esas oscuras hendiduras genéticas y saber que hay detrás de ellas.
Y se acerca, se acerca, se acerca y por esas ventanas sólo escucha un bullicio atronador, embadurnado de rebeldía y cebada.








TEXTO CORREGIDO POR CORAZÓN DE DULCE DE LECHE, A QUIEN AGRADEZCO TANTO...

viernes, 18 de noviembre de 2011

TRANSFERENCIAS


          La primera vez fue escalofriante. Aníbal regresó cubierto de polvo de ladrillo, la garganta reseca y los ojos teñidos con hebras rojizas. Un fuerte espasmo lo trajo de ese sueño en el cual se derrumbaba un edificio. El susto le duró hasta el sueño siguiente, cuando su mujer lo encontró con unas prendas femeninas enrolladas entre las piernas.
          Y así, sueño tras sueño, fue acostumbrándose a ese limbo compartido y a la silenciosa complicidad de su esposa.
           Una pandilla de hechiceros dejó a Aníbal del tamaño de una hormiga. Adela llora todas las noches, desde aquel último sueño.
           Él, le grita que se quede tranquila, que está a su lado, que jamás la abandonaría. Pero Marta no puede escucharlo.



jueves, 17 de noviembre de 2011

ABLACC

   UNIDOS, TODOS.
Gracias a Jesus E.  y a quienes nos permiten crecer en este maravilloso oficio  de transmitir vida a través de las  palabras...

TRAVESURA CANINA


“Muerto pero mío”, pensó para sí la niña, disimulando la villanía con una mueca de congoja. Después de todo, fue ella quien entretuvo a Eulogia para que Guille sustrajera el recipiente de la cocina, y recolectó las hormigas, los escarabajos y cuantas lombrices pudo encontrar escarbando el jardín.

“¡No!”. “¡No!”. “¡No y no!”, respondía Guille a cada pedido de su hermana, que fue transformándose de una súplica compasiva a un sollozo desamparado. Y nada.

Faltaba una semana para la feria de ciencias en la escuela, y Romina no había logrado que su hermano le prestara el sapo, ni siquiera por unos minutos.

Durante la noche, decidida y porfiada, una pequeña mano exploradora liberó de su cautiverio al disputado anfibio. Cacique aprovecharía la oportunidad, seguro. Y Guille, lo necesitaba vivo…





miércoles, 16 de noviembre de 2011

RELATO DE UN HOMBRE MUERTO



              Morí un día inusitado. Sin necesidad de un funeral ni un sermón empalagoso. La mañana había comenzado con la odiosa resonancia del despertador a las seis menos veinte. Luego, el prolijo itinerario higiénico de veinte minutos: un cuenco de dedos que arrastra el agua fresca al rostro adormilado y la sonrisa blanca, preparándose para los embates urbanos. El aluvión de gotas redentoras se encargaba de renovar el resto de la osamenta. Como todos los días. Todos.
               En seguida, el periódico traspasando el desayuno y los noticieros engullendo la soledad. El autobús puntual, frenando a las seis y media en la parada de la esquina. Como siempre, frenando a las seis y media, excepto hoy.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

ALAS AL VIENTO: UN VIAJE POR LA NAVE DE LOS LOCOS




                                  Un click en LA NAVE DE LOS LOCOS y podrán sentir mi alegría.

                           Gracias a Fernando Valls, por este viaje feliz


APÓSTOL

                 


Continua meciéndote, inmune, en el océano del alfabeto. Ronda obstinado aunque las voces del olvido ciernan tu memoria. No asientes tu pesar sobre mis ojos que imploran tu magia para blandir las alas.
Poeta, aférrate al reverso del espejo o al fervor de las cenizas, pero no me entierres.

ORIGEN


La sien humedecida de Maria y sus puños agrietados delataban el esfuerzo. Sus quejidos asustaban. El dolor cedía y las mantas carmín envolvían la figura amoratada.
La devastadora tarea culminó en una tierna caricia y vagidos dulces.
El niño había nacido.



lunes, 7 de noviembre de 2011

Devastación migratoria


Y nada más existió hasta el próximo tren. Polvo y sueños esparcidos por todo el pueblo.
–Hubiéramos comenzado por nuestros muertos - dijeron los segadores-. Mientras permanezca la memoria, volveremos a intentarlo...



jueves, 3 de noviembre de 2011

MISTERIO




Como tantas veces había hecho de niño, extendió sus brazos. Ahora podía alcanzarlo sin necesidad de argucias. Antes debía trepar, a hurtadillas, las escalinatas del altar y burlar la custodia de feligreses, que siempre recitaban una lluvia de oraciones doloridas. Con la casulla sobre el alba y la estola, elevó la barbilla, presionó los párpados, y en el más insondable y sordo silencio, preguntó: ¿estás?