viernes, 18 de noviembre de 2011

TRANSFERENCIAS


          La primera vez fue escalofriante. Aníbal regresó cubierto de polvo de ladrillo, la garganta reseca y los ojos teñidos con hebras rojizas. Un fuerte espasmo lo trajo de ese sueño en el cual se derrumbaba un edificio. El susto le duró hasta el sueño siguiente, cuando su mujer lo encontró con unas prendas femeninas enrolladas entre las piernas.
          Y así, sueño tras sueño, fue acostumbrándose a ese limbo compartido y a la silenciosa complicidad de su esposa.
           Una pandilla de hechiceros dejó a Aníbal del tamaño de una hormiga. Adela llora todas las noches, desde aquel último sueño.
           Él, le grita que se quede tranquila, que está a su lado, que jamás la abandonaría. Pero Marta no puede escucharlo.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gustó mucho el relato,(pero que fea herencia)Saludos Ri