miércoles, 16 de noviembre de 2011

RELATO DE UN HOMBRE MUERTO



              Morí un día inusitado. Sin necesidad de un funeral ni un sermón empalagoso. La mañana había comenzado con la odiosa resonancia del despertador a las seis menos veinte. Luego, el prolijo itinerario higiénico de veinte minutos: un cuenco de dedos que arrastra el agua fresca al rostro adormilado y la sonrisa blanca, preparándose para los embates urbanos. El aluvión de gotas redentoras se encargaba de renovar el resto de la osamenta. Como todos los días. Todos.
               En seguida, el periódico traspasando el desayuno y los noticieros engullendo la soledad. El autobús puntual, frenando a las seis y media en la parada de la esquina. Como siempre, frenando a las seis y media, excepto hoy.

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