jueves, 1 de diciembre de 2011

Gajes tinturados





“Por fin quietas, aunque volverán a zarandearse en cualquier momento, como siempre”, piensa Leopoldo, con la barbilla abandonada entre sus manos y una sonrisa incompleta. De repente, se para. Lo atrae un susurro desde la ventana. Aspira la lluvia con los ojos cerrados y brotan las reminiscencias. El aire enrarecido de la habitación se enreda con el olor a tierra mojada. En el jardín, chacotean las hijas de Zeus. Hipnotizado -aún- en el paisaje de la mañana, siente un escalofrío.  El lento y punzante hilo lo aduja, nuevamente hacia los papeles sobre el escritorio.“¡Ahí regresan, zumbando, otra vez!”, grita el muchacho, con voz inaudible. Y comienza a escribir.



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