jueves, 12 de abril de 2012

UTERUS

Comencé a sentir hambre y sed. Lasitud. Frío. De pronto, una indefinida sensación de orfandad acarició mi espalda. Sólo conservaba imágenes borrascosas que fueron armando una memoria antojadiza, momentánea, perpleja. (Me pregunté si esas invenciones no eran más que otra forma de atiborrar la soledad y el miedo. Si, la soledad y el miedo, esos monstruos que nos recuerdan la finitud). Decidí regresar. Henchí mis pulmones con ese aire enrarecido y lloré. Luego desanudé el cordón y uní los extremos como pude. El inmenso embudo oscuro me tragó. Adentro, reconocí la bruma espesa. Las viscosidades. Ahora estoy tibio. Enrollado. Guarecido. Seguro. Es bueno estar en casa otra vez.








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