viernes, 22 de abril de 2016

OBEDIENCIA INSENSATA


“Acuérdate de lanzar mis cenizas al mar”, le espetó mi madre. Luego solo se escuchó el golpe de la puerta detrás de él. Y hubo una copa menos en la mesa, una silla arrinconada y la tristeza enmoheciendo las paredes de la casa. Hasta ayer. El regreso de mi padre fue tranquilo. Puso entre nosotros esa distancia que dan los años en los que se olvidan los recuerdos y nos entregó la urna. El resto fue una marcha silente hacia el crematorio. Al llegar, sorpresivamente masculló entre dientes: “Será en las montañas”