jueves, 15 de junio de 2017

CABLES CORTADOS



    Cuando llegaron yo estaba cocinando. Apenas los sentí, si no fuera por las frases cortas y alejadas. Pueden ser revoltosos o serenos, según se les antoje.
    Al cabo de diez minutos silenciosos, la mayor dijo: «hola ma”» nada más. Una de las tantas frases incompletas o monosilábicas que les encanta pronunciar a los adolescentes para economizar ese no sé qué. Tenía la mirada distante, como si no estuviera. Y no estaba. La destreza de sus ademanes rítmicos sobre el celular, de alguna manera, la afantasmaban. Se desplomó, pesadamente, sobre el sillón.
    Me volví para observarla más de cerca. Movía los tarsos y metatarsos a una velocidad increíble, y al mismo tiempo husmeaba en la vida cibernética de sus congéneres: “click: me gusta”, otro click: “q´linda pic, amiga. Te adoroooooo”, otro click: “me gusta”. Carcajeaba fácilmente, sola, inserta en esa dimensión que para nosotros «los viejos» (como nos llaman), nos parece desbordante de soledad.
   Una web henchida de angustia, acompañada de palabras débiles y alocadas imágenes. “Hablar solos”, pensé. Andrés Neuman tiene razón. Ella ni siquiera notó la proximidad. Besé su mejilla. La mujercita entrecerró sus ojos arrugando la nariz. Bastó un brinco ingrávido para salir del gesto familiar y retornar a la escritura indescifrable. Yo también di ese brinco. Hacia una casa alborotada por el aroma de la comida y los diálogos bulliciosos. Una fuga a ese tiempo adolescente. El tío Juan y sus anécdotas de pescador. Un pez bagre con bigotes cortados e insertos en las branquias. Mejor dicho, un pescado saltamontes. Los juegos de puños de los primos contra mi padre. Un ring improvisado donde se perdía por cosquillas. Los retazos de las frases de mi madre entre las conversaciones tamizadas con harina y sal. Juntos, todos. Todos juntos, atados a una comunicación en carne y hueso.
   En la radio escuchaba un programa de Fernández Díaz. Entrevistaba a un académico argentino. «¿Cómo escriben hoy los jóvenes?». Algo así como una «reforma ortográfica de facto» dijo el entrevistado. Creo que era Moure. Cuánta razón, me dije. Retuercen el alfabeto. Lo mastican, lo engullen y lo devuelven hecho trizas en esas frases monosilábicas o enmascaradas en consonantes. Lo que sea. Pff.
   Los muchachos del medio llegaron quince minutos después. Dijeron «hola ma», al unísono, y pasaron derecho a su habitación. Una tierra prohibida para el orden. Al cabo de unos minutos, regresaron y se sentaron a la mesa. Uno de ellos, el mayor -aunque no sea notable- permaneció absorto, limpiando la pantalla de su celular, con una servilletita de papel embebida en alcohol en gel. El otro, sólo observaba y reía por los hábitos obsesivos de su espejo. De tanto en tanto, respondía con la misma risa extraña, los mensajes que recibía desde su celular.
   Si les pones un plato por delante, lo miran, lo revuelven, lo huelen, dan dos bocados, mientras los tarsos y metatarsos siguen moviéndose. Tentáculos cibernéticos que se frenan ante una milanesa. O no.
   Esta vez no los reprendí. Serví el almuerzo sin hablar. De pronto, un tono de llamada insoportable. Mi ojo fisgón detrás del aparato. Una batería de mensajes: “Q` hacemos hoy” , “Entrenamos mañana. “a la ksa de Vale”, “Entrenamos? ?????? parece k va llover”, “van todos a la Ksa de Vale”, “eso t`digo, si vamos a entreno, el profe dijo q` si”, “vamossssssss a lo de la vale!!!!!!!!!!!!” , “oky”, “nos vemossssss”, “si, nos vemos”, “q` embole el clima”. No alcancé a leer los demás. Emojis y emoticones. Sospecharon. Me sorprendieron en la maniobra de evasión, y me dieron una interjección en tono altanero: «¡Ey!».
   Tarsos y metatarsos volvieron a zarandear. Las manos eran puro movimiento mientras sus rostros juveniles se llenaban de gestos mudos. No tuve más remedio que regañarlos. Se miraron, torcieron los ojos y voltearon los aparatos, dejándolos de cara al mantel; al alcance de sus manos, a la espera de un descuido. ¡Por fin!, ¡por fin!, repetí, con la absoluta seguridad de que estaba escuchando sus pensamientos: «¡Qué vieja pesada!». Confieso que me hubiera gustado averiguar cómo lo hubieran escrito, de haber tenido esa oportunidad entre sus manos. Con cuánta impunidad violentan la gramática, como si las reglas lingüísticas fueran una construcción arcana, a punto de fenecer por la tecnología de los dedos urgentes.
   «Ya saben que a su madre no le gusta que vengan a la mesa con los celulares», agregó mi esposo. Eso, solo eso fue suficiente para cambiar el tema. Y todas las voces quedaron hacinadas en un atropello dialógico: «La de matemáticas nos toma la prueba el martes que viene», «sí, el martes nos dijo, el martes». «Me eligieron para que cante en el homenaje a Jacinto Piedra. ¿Ah!, pá, necesito cambiar las cuerdas de la guitarra. ¿Ensayemos una chacarera?». «¿Me puedo comprar otro short para entreno?», «yo también puedo comprarme otro short para entreno?». «Nos llevan hoy o podemos ir en bici». «¿Qué hacemos?». «¿Vamos en bici?», «sí, vamos en bici». La abuela y la menor de la casa, mientras degustaban la comida casera, miraban, a un lado y a otro lado, como se dispersaban en el aire, estas pretensiones de comunicación, sin emitir ni una palabra. Yo, que ya no los observaba, sabia con certeza a quienes pertenecían las voces.
   Aprovecharon mi descuido. “¿Es acaso una moda?”, les dije. Torcieron los ojos, la boca y continuaron esa sucesión de mímicas intraducibles.
   La abuela hablaba -por fin- bajito, dulcemente, con ese tono menguado que van dejando los años cuando domestican a la vehemencia. «Los tiempos fueron cambiando, poco a poco. Cuando yo era una niña, bastaba un chiflido de mi padre para que todos los hermanos nos amontonáramos alrededor de la mesa. La mesa era sagrada. Nadie hablaba sin la autorización del capitán. Y mientras mi madre servía la comida, una hilera prolija de hijas mansas acarreaba los platos a la mesa. Había dialéctica, gozábamos de la sobremesa». La menor de la casa, con vehemencia y levantando la mano, interrumpió a la abuela: «¡Yo sé lo es la dialéctica!». Y antes de que pudiera expresarse, los tarsos y metatarsos volvieron a los canales cibernéticos y los adolescentes recobraron el protagonismo familiar. «¡Otra vez!,» exclamé con tono reflexivo. Seguro, esperaron unos gritos, y en cambio, dije con paciencia, con perseverancia, como quien vuelve a empezar: «¿Cómo les fue hoy en el cole»”.
   El clima fue amenazante durante todo el día. Los adolescentes quedaron en la casa. No eran tres jóvenes disfrutando del hogar, eran animales enjaulados con dedos ocupados, cuyas bocas buscaban arañar a quien pasara cerca de su prisión. Desgarrar con frases sueltas a las buenas intenciones, a las gentilezas familiares. O responder a algún encargo con la mudez de los ausentes. Y al cabo de unos minutos, despojados de culpas o insinuaciones de condena, se justifican, se defienden, inician las peleas por quién si, por quién no: «¿Yo?», «no, no es así, no mientas». «¿Qué?, ¡no!, ¡eso no dije yo!», «sí, eso no le dijiste» , «¡No, chee». Y más insultos y más justificaciones. «¿Yo?», «no, yo no». « ¿A mí?, no, a mí no me dijiste nada!», «no te escuchamos».
   La continuidad de las horas, marcadas por los movimientos lúdicos de tarsos y metatarsos, de risas insólitas, estridentes, solitarias, era para ellos un eterno futuro, como si el presente fuera tan escurridizo que se tornaba inexistente. Un mundo propio tejido por cables cibernéticos, acompañado, de cerca y de lejos, por melodías entrelazadas. “Honeymoon avenue“ and “Use somebody“, de Ariadna Grande y de Boyce Avenue, compartidos en el mismo tiempo, en un mismo espacio, como sus mundos aislados, con idiomas propios, insertos en otros mundos, más grandes y menos cómodos, en donde los adultos sólo entramos para no cansarnos de esperar.
   En la madrugada nos despertó un viento muy fuerte. Nos despertó a todos, excepto a los adolescentes, que continuaron durmiendo como lirones, reposando felizmente sus tarsos y metatarsos hasta pasado el mediodía.
   «¡Fin de semana con lluvia y granizo! Fuertes vientos»”, les anticipé durante el desayuno. La pequeña de la casa, tocándose sus ojitos, alcanzó a pedirnos la chocolatada, cuando de pronto, vimos como mi madre -toda empapada- arrastraba una pesada silla desde el jardín. «¡Mamá!, ¿qué haces?», indagué con curiosidad, alcanzándole una toalla para que se secara. Entrecerró sus ojos arrugando la nariz. No me respondió, solo tenía impresa en su rostro, una sonrisa larga que intentaba contener debajo de su barriga en movimiento.
   Demoramos el almuerzo para esperar a que terminara el sueño de los lirones.
   «Hola, ma». «Pa». A la abuela y a la hermanita las besaron. Se sentaron a la mesa. Despeinados. Vestidos con remeras harapientas.
   Calzaron sus dedos sobre los celulares. Nada. Nada. Apretaban más fuerte el teclado como si les fueran a responder por miedo a esa torpe fricción. Nada. Nada. Los demás, que ya sabíamos, sonreíamos.
   Se miraban, se volvían a mirar, como si los ojos compartieran el mismo idioma. «¡Y ahora!», «¡qué hacemos!», «¡maldito wi fi!”». Desconectados. Trágicamente desconectados. Momentos que les parecían inútiles, abandonados a la inercia, al desinterés o a la necedad. Tres bocas quejosas, sostenidas por seis manos llenas de dedos quietos. ¡Dedos quietos! Gente que comenzaba a conocer gente, reconocer rostros, costumbres. A recuperar aromas, sabores. Los movimientos corporales que recobraban los sentidos.
   «¡Deben ser los cables cortados!», reflexionó la abuela y comenzó a contar una historia. Y otra historia y una detrás de la otra. Fue un viaje hacia la niñez. Los caramelos de mi abuelo, su sonrisa contagiosa. Las...
   Entretanto, los verdaderos destinatarios de las historias de la abuela estaban atónitos. Tan atentos que no advirtieron ni sospecharon los efectos de la hazaña de mi madre, el porqué de la silla que acarreaba desde el jardín aquella mañana, las tijeras y los cables cortados.
   El viento que resoplaba se encargó de arrastrar las risas, esparcidas entre la comunicación en carne y hueso, en los restos de la siesta.



( Cuento publicado en la revista VIceversa, del diario El LIberal, 11/06/2017)
  http://www.elliberal.com.ar/noticia/344990/cables-cortados

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