jueves, 15 de junio de 2017

MILAGRO



Lorenzó se despertó temprano. Yo estaba escribiendo en el estudio. Ni escuché al niño. La noche anterior, el editor dijo que, si o si, terminara o no habría publicación ese año. El invierno parecía irritado con los pisos altos del edificio. Bruscamente, tronó la ventana del pasillo. Luego se escuchó el chirrido de las patitas de la silla. Corrí, porque intuí que algo estaba pasando. Tirada en el suelo, debajo de la ventana abierta, la sillita. Me quedé inmóvil. El tiempo se detuvo -lo juro-. Un rato después, pude reaccionar. —¡Lorenzo! —grité. Mi voz sonó inflamada. El niño, desde la cocina, sentado en el suelo, con las piernas extendidas y chupándose el dedo, hizo un gesto con la mano. El índice levantado señalaba la ventana. Se despojó de su chupete de carne y hueso y con su cándida voz, susurró: —Fue el Sr. viento, mamá.

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